• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El valor de la moneda

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No es necesario conocer las cifras sobre la inflación en Venezuela que el Banco Central mantiene ocultas para saber que el valor del llamado bolívar fuerte se sigue deteriorando aceleradamente. Basta con observar la actitud de los consumidores y otros agentes económicos para darse cuenta de que nadie quiere tener, mucho menos acumular, moneda nacional. Cuando llegan a “atesorar” algo más de lo necesario para la menuda vida cotidiana, los venezolanos se vuelcan a cambiar su dinero por algo que tenga mayor valor y corra menos riesgo de perderlo. Y eso es cualquier cosa. Desde monedas convertibles hasta desodorantes, pasando por automóviles, cauchos y bienes comestibles.

Los economistas llaman a tal fenómeno una reducción de la demanda de dinero. Como en cualquier otro caso, cuando baja la demanda de dinero baja su valor. Lo que se refleja en el aumento de los precios: se necesita más dinero para obtener el mismo producto. Si a lo anterior se añade un aumento de la oferta de dinero la desproporción entre la oferta y la demanda se hace mayor y alimenta la pérdida del valor de la moneda. El incremento de la oferta de dinero puede tener muchas causas, pero en nuestro caso las principales son el crecimiento desmesurado del gasto público, la emisión inorgánica por parte del BCV, los inevitables aumentos de salarios y el deseo de obtener divisas que obsesiona a las amas de casa, a los inmigrantes que antes sostenían a sus familiares en el extranjero, a quienes desean importar para producir y abastecer, a los corruptos deseosos de mantener sus haberes a resguardo y a quienes no quieren ver diluirse el valor de sus ahorros.

Al conjunto del dinero que logran obtener tan disímiles agentes económicos se le llama fuga de capitales, aun cuando algunos capitales sean minúsculos. Como toda fuga, es producto del miedo, la cautela o el pánico. Esos sentimientos se han venido experimentando en Venezuela en lo que va de siglo y la fuga de divisas es un viejo fenómeno, exacerbado desde la muerte del caudillo y más aún con la baja de los precios del petróleo.

Ante tal situación, que debiera encender todas las alarmas en quienes nos gobiernan, tanto porque afectan al bienestar de los gobernados, a través de la inflación, la escasez y el desempleo, como porque pone en peligro la estabilidad del régimen, las autoridades nacionales han permanecido impasibles, no se sabe si por los mismos miedos. Lo cierto es que no han hecho nada para detener la caída del valor de la moneda. Ni siquiera la recién fenecida y vergonzante Ley Habilitante se utilizó al efecto. Las medidas adoptadas en su marco, por ejemplo el aumento de impuestos, más bien atizan la inflación y profundizan el problema.

Pero se está rifando además del valor de nuestra moneda, que puede sucumbir ante la fortaleza de la moneda de Washington (con lo que el bolívar fuerte correría la misma suerte de desaparecer del sucre ecuatoriano) el futuro del país y de nuestra economía. Lo que quiere decir el de nuestros hijos. Porque el valor de la moneda refleja en gran medida el valor del país.