• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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De una urna a otra

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En la república bolivariana los muertos, en vez de ver estar consignados como tales en los libros de defunciones, aparecen redivivos en los cuadernos electorales. Parece un capítulo de la serie Los Sopranos, pero así se desprende de la auditoría preliminar del registro electoral, cuyos resultados arrojaron que “de la lista de 225.000 fallecidos que entregaron los representantes de la MUD al Consejo Nacional Electoral sólo 125.000 fueron depurados por el organismo, lo que significa que 105.000 fallecidos están habilitados para votar el próximo 8 de diciembre en las elecciones municipales”. 

Resucitar personas fallecidas para manipular censos, listas y catastros a fin de obtener beneficios políticos o económicos no es una práctica novedosa. Nikolái Gogol, en su espléndida novela Almas muertas (1842), cuenta cómo el enigmático Pavel Ivanovich Chichikov recorre Rusia para hacerse con las propiedades de un buen número de siervos fenecidos, cuyos decesos no habían sido debidamente protocolizados, y obtener así de un fraudulento patrimonio, a objeto de avalar créditos estatales para la adquisición de tierras.

No hay, pues, nada nuevo bajo el sol. Lo inédito en nuestro patio es la renuencia del CNE a desempeñar rotunda y claramente su autoridad arbitral, como es de esperar de aquellos a quienes se les ha confiado la responsabilidad de velar por la neutralidad y transparencia de los métodos y procedimientos inherentes a los comicios.

Porque no se trata sólo de empadronar almas muertas, vaya a usted a saber con qué inconfesables designios, sino de respetar también los acuerdos previamente alcanzados para impedir la despótica e inconsulta reubicación de electores: para sorpresa de la MUD “existen 185.770 reubicados a conveniencia de sectores adeptos al Gobierno”.

Esta conducta sesgada y complaciente que pone en cuestión la integridad institucional del ente comicial arrastra, además, agua al molino de ese sector opositor radical, inmediatista e intransigente que aboga por el abstencionismo.

De modo que la oposición democrática ha de vérselas no solo con el ventajismo que ejerce el Ejecutivo sobre el resto de los poderes públicos y de su absoluta hegemonía comunicacional, sino que está obligada, desde ya y sin ambages, a diseñar una política que, enfrentando con seriedad los abusos del CNE, le permita, al mismo tiempo, deslindarse de aventuras de porvenir incierto y preparar una contundente prueba de fuerza que transforme las elecciones municipales en un plebiscito a favor de la sensatez. Recordemos que ellas son la antesala de la jornada electoral, el próximo año, de los miembros del parlamento.

Las elecciones pueden ser, como decía David Lloyd George, “la venganza del ciudadano”. Hagamos del voto un arma efectiva que, mediante la participación masiva de sufragantes, ahuyente de las mesas electorales a los fantasmas de esas almas muertas equivocadas de urna.