• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Tres truhanes fichados

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¿Desde cuándo el jefe del Estado se permite la grosera licencia de señalar con el dedo a sus oponentes políticos, para calificarlos como agentes de la maldad? No hay que mirar hacia muy lejos, porque estamos frente a una conducta iniciada por el fallecido presidente Chávez que hoy profundiza Nicolás Maduro. Chávez puso en boga un discurso divisionista, que dispuso de amplio espacio para referir con pelos y señales a quienes consideró como sus enemigos y, por consiguiente, como enemigos de la patria.

La presentación de líderes políticos o de ciudadanos comprometidos con una causa como enemigos de quien ejerce el Poder Ejecutivo que, por ese simple hecho, se transforman también en arteros sujetos que conspiran contra la nacionalidad, solo sucedió durante la época tenebrosa de Juan Vicente Gómez. La manejó el llamado Benemérito, pero contadas veces, en frases sueltas que anunciaban sus antipatías personales y sus represalias políticas sin escribir ni dictar jamás la nómina de los monstruos que deseaban su mal y, por lo tanto, el mal de Venezuela. Eran monstruos en sentido general, malos hijos silvestres que andaban por allí realizando fechorías contra el jefe y contra la nación, sin que nadie les pidiera la cédula de identidad para mostrarla más tarde ante el público.

Chávez le enmendó la plana, en un ejercicio lamentable de negación del republicanismo, y ahora Maduro se mete en unas honduras más peligrosas para el libre ejercicio de la política en una sociedad protegida, al menos en términos nominales, por la Constitución y las leyes. Ha tenido la desfachatez de señalar a Henrique Capriles, a Leopoldo López y a María Corina Machado, activos líderes de oposición los tres, ciudadanos capaces los tres de movilizar a la opinión pública, de conductas torvas a través de las cuales se pretende la siembra del caos e inclusive la ejecución de acciones violentas con fines inconfesables.

Solo desde una posición de miedo e inseguridad se llega hasta semejante tropelía, pero también desde una expresa postura de negación de las reglas de cohabitación pacífica que debe respetar expresamente, como si fuera cosa religiosa, quien se presenta como legítimo presidente de la República. La legitimidad depende, entre otros aspectos, del respeto pleno de la ciudadanía sin ponerse a clasificarla, sin dividirla en buena y mala, sin ensañarse contra dirigentes prominentes porque les tiene pavor o porque le da la gana de despreciar la carta magna y las regulaciones que la complementan.

A Maduro le puede entrar el miedo hasta el punto de ponerlo a temblar, pero no le puede dar la gana porque la Constitución no permite que le dé la gana, aunque le diera a Chávez cuando le dio la gana hasta cuando la muerte le quitó las ganas. Esta revolución se parece cada vez más al gomecismo, lamentablemente, aunque ni siquiera el propio Gómez se atrevió a ensañarse públicamente contra sus adversarios como lo hace ahora el nuevo representante del clan gomero contra Capriles, López y Machado. Cobardía e ilegalidad, arbitrariedad y afirmación de la mentira, casi como en los tiempos del llamado gañán de la Mulera.