• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La tortura rojita

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En los manuales de la Inquisición abundan las reflexiones sobre la tortura. Como el suplicio de los herejes y de los sospechosos de herejía se consideraba legítimo porque protegía la fe mediante la muerte, el tormento o la vergüenza de los pecadores, podían los intocables obispos y aún los propios torturadores explayarse en la materia.

La tortura era entonces una especialidad que, debido a las impecables intenciones que se le atribuían, debía comentarse en los manuales y hasta se daban clases sobre el oficio de martirizar al prójimo descarriado para que los torturadores del futuro lo hicieran de manera adecuada y eficaz.

No sólo la Inquisición, sino también todos los procedimientos penales de la Edad Media y de los inicios de los tiempos modernos, se solazaban en el estudio y el comentario de los latigazos, del aceite hirviente (donde Chávez quería freír las cabezas de los adecos), de las parrillas encendidas en el pellejo de los prisioneros, del último modelo de alicate para sacar uñas y de otros portentos que salían al mercado para que la gente entrara, contra su voluntad pero con la bendición de Dios y de los reyes, en el carril de la autoridad.

No estamos ante un tema nuevo si nos remontamos a esos tiempos, pero el paso de los años y el desarrollo de la convivencia entre los seres humanos a escala universal, si bien no evitó la ejecución de esos procedimientos, sí impidió que se ventilaran como si tal cosa.

Los mantuanos, por ejemplo, metían en el cepo a sus esclavos y los vejaban quemándolos con velas o castigándolos con cinturones de clavos, pero no se ufanaban de su papel de verdugos. Preferían la discreción ante crímenes que no los dejaban bien parados. Los alcaides de las cárceles del gomecismo eran diestros en el colgamiento de los presos políticos poniéndoles sogas en los testículos, pero no hablaban de su oficio en los periódicos.

El general Gómez, la verdad sea dicha, no perdía el sueño porque los presos de La Rotunda comieran el vidrio molido que les mandaba a suministrar como condimento de la comida podrida, ni porque en la calle se supieran los desmanes que ordenaba, pero jamás habló ante los demás de un asunto que le podía provocar enormes perjuicios.

Pasó algo semejante con Pedro Estrada y con sus angelitos de la Seguridad Nacional: eran maestros en el arte de martirizar y tampoco dejaban de echarse a pierna suelta en la cama mientras corrían las noticias de los horrores que perpetraban, pero no tocaban el tema ni con el pétalo de una rosa.

La defensora del pueblo, licenciada Gabriela Ramírez, ha roto con esa tradición de la historia más reciente. Se ha puesto a teorizar sobre la tortura, le ha dado por encontrar matices en la rutina de los esbirros, gradaciones en los tipos de vejación que cometen los guardias y los policías, se ha iniciado como filósofa de los procedimientos destinados a pescar en el río sangriento e inhumano de la búsqueda de confesiones.

Habló sin imaginar la monstruosidad en la que se revolvía al tratar un tema semejante, sin pensar que le están vedadas las circunvalaciones sobre un asunto condenado por todas las legislaciones del mundo y por la evolución de la humanidad.

Pidió a los medios que corrigieran sus palabras porque no dijo las cosas que se le atribuyeron. Fue el único remedio que tuvo a mano para tapar la barbaridad de sus observaciones sobre las variantes de la tortura y sobre la diferencia de la tortura frente a otras brutalidades de los cuerpos represivos.

Pero queda la sinuosidad de sus palabras para baldón de la democracia, para desprecio y burla de la convivencia que tanto la ha costado a Venezuela. Recuerde el lector que no hablamos de la Inquisidora Oficial de la comarca, sino de la defensora del pueblo.