• Caracas (Venezuela)

Editorial

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“Gracias Presidente @NicolasMaduro por destituir al Min. Interior, Justicia y Paz. Ahora métalo preso por asesino”. Con trinos como éste, el grupo llamado Colectivo 5 de Marzo manifestó su complacencia por la defenestración de quien considera responsable directo del asesinato de 5 de sus miembros, lo cual sugiere que era eso lo que esperaban y que ese y otros grupos tienen poder suficiente para imponerle condiciones al Ejecutivo.

Algunos sostienen, sin desestimar el poder de los colectivos, que las causas de la destitución de Rodríguez Torres habría que buscarlas en el enfrentamiento entre un “ala militar” del PSUV, con la que estarían identificados el destituido y el capitán Capelo, y el Frente Francisco de Miranda, en el que harían vida dirigentes rojos comprometidos con los colectivos.

Otros se refieren el asesinato de Robert Serra como la gota que colmó el vaso, no porque el exministro fallase en las investigaciones, sino porque sus deducciones no cuadraban con los deseos presidenciales de vincular el sórdido crimen con planes subversivos de la oposición.

Hay quienes se remontan a su penosa actuación durante las protestas de febrero cuando el general tuvo su Waterloo en Chacao frente a unos jóvenes apenas provistos de piedras y cauchos para quemar en la calle. Otros analistas despachan el asunto afirmando que de los 14 titulares que han ocupado la cartera de Interior durante el chavismo, ninguno ha durado más de año y medio.

Mientras continúa el estira y encoje, el afectado, cuyo despido le fue notificado al estilo reality show, es decir, en vivo y en directo, recibió de Nicolás la orden: “A descansar 15 días, luego te haré una oferta que no podrás rechazar”.

Será mejor que se siente para que no se canse de esperar. El general ha dicho que “todo lo que hizo” fue por la paz. ¿Qué fue ese “todo” que hizo que, a la luz de los resultados, más bien fue nada? ¿O sería que ese todo y esa nada eran términos de una calculada y riesgosa apuesta? Esta última interrogante se formula en atención a la hoja de vida del exfuncionario en la que figura, como hito sobresaliente, su fallida participación en la asonada del 4 de febrero de 1992.

Las hipótesis e interrogantes sobre los móviles de la decisión de Maduro de separar al general de su cargo desembocan en nuevos supuestos y preguntas; pero, al margen de los análisis de bolsillo y las teorías conspirativas, el gobierno está obligado a exponer los fundamentos de esa medida extrema.

Porque con tanta opacidad, tanto misterio, tantas contradicciones y tantos dimes y diretes cada quien se siente con derecho de sacar sus propias conclusiones, ninguna de las cuales podría agradar a las autoridades, sobre todo si se sospecha que, más que a razones, el régimen respondió a chantajes, en cuyo caso queda claro que el país está en manos de una partida de colectivos armados, belicosos y prepotentes a los que las autoridades no sólo temen, sino que le besan la mano, como a don Vito Corleone.