• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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7 sospechosos y un destino

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Se prepara para la guerra y ha instado a la población civil a rechazar la aleve agresión imperial; a tal efecto, sugiere que nos incorporemos al simulacro de defensa nacional del próximo sábado, suerte de kermesse patriotera con sabor perezjimenista, con la cual el sujeto que cree ser comandante supremo de los ejércitos bolivarianos de aire, mar y tierra -al que, por lo visto, le birlaron de niño sus soldaditos de plomo- quiere defender el mancillado honor de la nación, en épicas, asimétricas y quiméricas batallas con un fantasmal adversario cuya ofensiva ha sido política y no bélica.

En este sentido, no parece procedente hablar de agresión armada o planes de invasión; ni siquiera de injerencia en los asuntos internos del país por parte de Washington, no al menos a la desvergonzada manera de La Habana.

Se va a la guerra nuestro Mambrú para defender la reputación de siete supuestas joyitas imputadas de corrupción y violación de los derechos humanos; se va a la guerra, ¡ay que dolor, qué dolor, qué pena! y sí sabremos cuando vendrá porque, a diferencia del duque de Marlbrough (inspirador de la tonadilla infantil) no irá a ninguna parte, no combatirá en otro frente que no sea el mediático, en el que se atrincherará con el padrino y el capitán dispuestos a inmolarse, de la boca para afuera.

En Colombia hubo un período signado por el debate entre centralistas y federalistas sobre la forma de gobernar a un país que estaba bastante lejos de ser independiente; por lo extemporánea y bizantina de esa controversia, cuando los historiadores se refieren a ella hablan de la patria boba; mutatis mutandi, aquí y ahora, podríamos referirnos a una guerra boba, una conflagración imaginaria manipulada con fines electoreros y que, si no parte de una premeditada y maliciosa interpretación de las medidas adoptadas por Barack Obama, implicaría que nuestra cancillería es un reducto de incapaces.

Al respecto, es esclarecedora la opinión del embajador Adolfo Raúl Taylhardat, ex representante de Venezuela en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, quien indica: “El presidente de Estados Unidos necesita declarar una amenaza de seguridad nacional para dictar las sanciones que se adoptaron. Es un formalismo que tenía que cumplir. Ha habido mucha alarma en Caracas y se dice que le van a declarar la guerra a Venezuela. Eso no está planteado”.

El decreto que ha envalentonado a Mambrú se basa en un formato ya utilizado con Irán, Birmania o Siria. Y, como precisa el diplomático, “por alguna razón, en Washington miden hoy a Venezuela con la misma vara que miden a países que tienen gobiernos hostiles, que violan los derechos humanos, que persiguen, torturan y encarcelan a la disidencia”.

Más claro, ni el contundente quiquiriquí del gallo. ¿Valdrá, pues, la pena echar el resto por el destino de siete corruptos y un puñado de dólares que a buen resguardo tenían en arcas de territorio enemigo? No. Mambrú ya no va a la guerra, pio-pío, ¡qué dolor, que dolor, qué trío!