• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Dos sociedades

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Como era previsible, el señor Maduro no asistió a la sesión solemne celebrada en el Capitolio Federal para conmemorar los 205 años de la firma del Acta de Independencia, ceremonia que anualmente exalta la civilidad, a pesar de la petulancia verde oliva, la retórica militarista y la presunción de que la nuestra es patria forjada exclusivamente con gritos y sangre de soldados y no con el talento de ciudadanos armados con ideas, cuyos nombres rubrican ese documento fundacional. 

Como Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez, Hugo Chávez y la larga lista de tiranuelos que han ejercido el poder apoyado en el monopolio de la violencia, el señor Maduro ha atropellado nuevamente a la civilidad nacional, no ya para radicalizar sus desaires al Poder Legislativo y enfatizar su desconocimiento de la decisión del soberano que, por su expresa voluntad mayoritaria, lo representa –lo cual ha conducido a una crisis institucional sin precedentes–, sino para intentar dividir a la sociedad, de forma tajante y definitiva, en dos estamentos excluyentes: civiles y militares.

Esa peligrosa y desafiante dicotomía decretada por el decadente jefe de gobierno, con apoyo de un sector autoritario de la FANB, es un tácito golpe de Estado que liquida la autoridad delegada por el pueblo en su Asamblea Nacional. No se trata de las morisquetas a que nos tiene acostumbrados la patanería rojo-rojita, sino de una provocación que ha terminado, por arrogante, de deslegitimar al propio Ejecutivo. 

El grotesco proceder de Maduro, ordenando una cadena nacional para interrumpir con una circense parada militar el discurso de orden del dirigente civil Américo Martín, sólo es comparable con la maniobra de Chávez el 11 de abril cuando quiso tapar el sol de las muchedumbres con ráfagas de violencia.

No obstante el sabotaje rojo, el discurso de Américo Martín se hizo tendencia en las redes sociales y sus frases, virales, se podrán leer en medios digitales e impresos. Fue la suya una pieza oratoria coherente en la que abogó por la concertación y unidad constructivas y creadoras. 

Como presintiendo el desenfreno madurista, aseveró que “nacionalismo y radicalismo fortalecen con frecuencia a quienes quieren destruir”, y sentenció: “Los golpistas siempre son así, invocan grandes causas. El militarismo es una ideología, no una fatalidad metida en los uniformes de los hombres”.

Y, en yuxtaposición a la cruzada divisionista del oficialismo, se adentró en campos no tan terrenales, pero que tienen que ver con las creencias y convicciones, para asegurar: “No prosperará en Venezuela la tesis de dos iglesias, la de los ricos y la de los pobres, como se intentó en Cuba. Dios no podía estar a favor de un sistema absolutista”. 

Américo Martín, como en su momento hicieron Luis Castro Leiva o Jorge Olavarría, supo darle contenido al honor que se le concedió para, desde la más alta tribuna del país, recordarnos que somos pueblo por la civilización y su más significativa forma de organización política, la democracia, basada en la autonomía de los poderes públicos, y no por la barbarie inherente a satrapías totalitarias, como pretenden Maduro y su camarilla.