• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La silla y la camilla

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El traslado del Presidente a La Habana es un viaje al interior de la ciencia ficción: es por tiempo no definido y también por tiempo no “indefinido”, a lo Albert Einstein. Se marcha a la velocidad de la luz y regresa a la velocidad del sonido, según el físico teórico Nicolás Maduro. Vaya a usted a saber dónde encaja ese trabalenguas bolivariano.

Según el talante de sus seguidores, el milagro de la ciencia se producirá entre diciembre o enero, depende de los médicos y la posición de los astros, Mercurio ascendente o descendente, lo mismo da, siempre que no sea en un avión chino, porque tendrá que eyectarse y no le conviene.

Pero, bromas aparte, este show permite reflexionar sobre los daños que sufre una nación cuando sus cimientos democráticos se han vuelto endebles por el carácter autocrático de su gobernante y la falta de convicción democrática de quienes deben ser garantes del respeto de la Constitución y del Estado de Derecho.

Muchos venezolanos se acostumbraron a que por encima del Estado y las leyes un hombre fuerte gobernara el país a su antojo. Se permitió que el Presidente de la República estuviera por encima de los otros poderes y de las instituciones. Se aceptó que muchos de los jerarcas del Gobierno actuaran violando abiertamente la Constitución y resquebrajando la institucionalidad para garantizar su permanencia en altos cargos de la burocracia nacional.

Se recuerda cómo una pasajera viceministra para Europa, premiada en una embajada durante la cuarta república, pasó en esta administración por una de las más sólidas instituciones con que contaba el Estado venezolano, como era la Cancillería, y a paso de vencedores les destruyó la carrera a muchos diplomáticos venezolanos ante la mirada aprobatoria de sus superiores y el silencio del resto de las instituciones del Estado.

Desde entonces, la “Casa Amarilla” comenzó un viaje hacia la destrucción, mientras que el personaje se terminó especializando hoy en el manejo de la basura de Caracas, sector en cual seguramente descubrió sus verdaderas fortalezas.

Son muchas las historias que se contarán en el futuro sobre cómo el poder ciego y todopoderoso en este régimen atropelló sin contemplación a miles de venezolanos, mientras que el Presidente se convirtió en el gran rector de la nación. No hay una decisión de Estado que no pase por las manos del comandante.

A Chávez sin querer queriendo lo convirtieron en un semidiós tropical que desprecia el imperio de la ley y la precedencia de las instituciones sobre los hombres y los cargos. Los niveles de sumisión a que se ha llegado son de tal magnitud que el país impávido se ha acostumbrado a un Gobierno que, con la mayor desfachatez, maneja las arcas como si fueran propias: se confunden los dineros públicos en la trilogía Estado, Gobierno y PSUV.

Ya sea en la silla o en la camilla, el efecto destructivo sobre Venezuela es el mismo: poco importa el misterio de su salud.