• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El señor Pamplinas

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¿Hasta dónde puede llegar la ignorancia, o la manipulación de Maduro, cuando trata de justificar el socialismo del siglo XXI partiendo de comentarios sobre la historia de América? ¿Sabe las barbaridades que comunica a sus gobernados? ¿Sabe que tergiversa los hechos del pasado para que la revolución cuente con antecedentes que le concedan cierto fundamento?

Tal vez no sepa de qué habla, o agarra la aguja y borda crónicas sabiendo que miente y exagera. Sea como fuere, lo que expresó en la ³fiesta de los pueblos afrodescendientes² el pasado sábado no tiene desperdicio.

Se empeñó Maduro en encontrar el origen del odio y del racismo en América.

No se le hizo difícil el trabajo, topó rápidamente con la respuesta. ¿Quién sembró el odio entre nosotros, quién inoculó el veneno del racismo? El colonialismo europeo, aseguró.

América era un paraíso antes de que fuera hollada por la planta insolente del conquistador europeo. Luego comenzó una historia de injusticias y desigualdades, de matanzas y depredaciones tan gigantescas que no le ha quedado más remedio a la revolución bolivariana que curar las antiguas heridas.

Maduro desconoce el episodio ampliamente divulgado de 1.300 guerreros totonacas que se regocijaron ante la llegada de Hernán Cortés y le ofrecieron ayuda incondicional para la derrota de los mexicas, del odiado y sanguinario imperio de los llamados mexicas o aztecas que los tiranizaban y esquilmaban sin contemplación.

También ignora que igual se sumaron las huestes taxcaltecas a la alianza con los españoles, animados por la posibilidad de librarse de la tiranía que resplandecía en Tenochtitlan. ¿Estaban locos esos guerreros que apoyaban al coracero blanco y barbado? ¿Eran unos idiotas? ¿Cambiaron su apoyo por cargos y ventajas, para convertirse en traidores a su raza?

No, por supuesto. Reaccionaban contra una pavorosa dominación impuesta por los tlatoanis mediante la fuerza de las armas, contra la esclavitud establecida por sus soldados y por la casta sacerdotal que rodeaba a un todopoderoso señor de vidas y haciendas, contra los sacrificios de humanos que los aztecas dominadores realizaban con los cuerpos de los conquistados para satisfacer a sus dioses, contra los altísimos impuestos, y contra infinitas humillaciones y desigualdades.

De otra manera hubiera fracasado la empresa de Hernán Cortés, quien contaba apenas con unos centenares de soldados y desconocía los enigmas de la tierra que pretendía para los reyes de España.

El imperio de los Incas también logró su hegemonía mediante una conquista cruenta, mucho antes de que los soldados de Pizarro tocaran esa tierra desconocida. Un dominio sobre dos millones de kilómetros cuadrados de territorio, controlado desde la cima del Perú hasta lo que hoy es Ecuador, Bolivia y partes de Chile, Argentina y Colombia. Nada de esto se llevó a cabo mediante fuegos florales.

Fue un cruel ejercicio de avasallamiento, que produjo millares de muertes violentas en batalla e infinitos dolores en las poblaciones pacíficas que se postraron a regañadientes contra una autoridad foránea e indeseable.

Así consta en los documentos anteriores al encuentro de América por los europeos, así se describe en centenares de crónicas que han dejado a la posteridad los pueblos desangrados y afligidos por los incas.

Para Maduro nada de esto existió, pese a que abundan las evidencias. La cosa, dice Nicolás, fue más simple: llegaron unos malvados del Viejo Continente a fastidiar nuestra vida angelical en cuyo seno todos éramos iguales y felices. Venezuela era el paraíso terrenal hasta el advenimiento de la maldad importada contra la que hoy lucha él y sus bolivarianas huestes redentoras. ¿Hasta cuándo tendremos que escuchar tanta pamplinada?