• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El sello rojo de la pobreza

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Este editorial no se referirá a la dimensión cuantitativa de la pobreza, es decir, a las condiciones derivadas de la brecha creciente entre los ingresos de millones de familias y el costo de los bienes y servicios básicos para vivir hoy en Venezuela, cuyo resultado es la producción incesante de niños, adultos y ancianos que viven en condiciones cada vez más precarias. Nuestra preocupación hoy tiene un carácter cualitativo: reflexionar sobre las dimensiones políticas y simbólicas de la pobreza bajo el dominio del régimen castrista-madurista.

La política de dislocación de la economía, puesta en marcha desde 1999 a esta fecha, ha arrojado resultados anunciados una y otra vez: fracaso. Colosal fracaso. Pero este fracaso no se proyecta solo al plano temporal inmediato: algunas de sus consecuencias serán duraderas, como por ejemplo, la destrucción de la cultura del trabajo promovida por la inamovilidad laboral, cuyo efecto no es otro que una caída alarmante de los indicadores de productividad en todos los sectores de la economía, sin excepción.

Por una parte, se promueve el estatuto de trabajadores poco productivos o improductivos, bajo condición de impunidad. Por la otra, se alienta un sistema de dependencias que tiene unas específicas características, cuyo propósito es debilitar, succionar las energías de la sociedad venezolana, como requisito para alcanzar la meta roja de mantenerse en el poder al costo que sea.

La pobreza roja sistematizada por los gobiernos rojos tiene un sello, una personalidad: provocar en el conjunto de la sociedad venezolana, en todos los estratos sociales y no únicamente en la clase media, un sentimiento de impotencia. Una condición de conformidad, de modo que las personas lleguen a la conclusión de que este paulatino empobrecimiento sin expectativa de cambio, es una especie de destino insalvable para los venezolanos. La corporación Giordani, Ramírez, Castro y Asociados, quiere venezolanos empobrecidos y anestesiados. Compatriotas de horizonte roto y bolsillo flaco.

El campo de acción del ciudadano ante la estantería vacío lo condena. Lo obliga a esperar o a ir a otro lugar donde se encontrará con otra estantería, igualmente vacía. Y así, de cola en cola, de espera en espera, de cansancio en cansancio, hasta el momento en que comprar un litro de aceite, un par de rollos de papel higiénico o una botella de agua potable, adquieren la categoría de triunfo sobre las adversidades. En todo este proceso, y esto es algo de lo que no se ha hablado todavía lo suficiente, ha reaparecido, esta vez con más fuerza y más argumentos, un personaje recurrente del infierno nacional: el revendedor, a veces devenido en gestor, el mismo inescrupuloso de siempre, esta vez embutido en un chaleco rojo, que a precio de escándalo, consigue o un pasaporte o un bulto de pasta a precio regulado, es decir, por debajo de su costo de producción.
 
El que ahora mismo se esté convirtiendo la vida cotidiana en una agobiante carrera de obstáculos, busca replicar el modelo de dominación implantado en Cuba con éxito, del ciudadano exhausto y vigilado, despojado de energías, diluido en la lucha por conseguir alimentos y medicamentos para su familia. La novedad del caso venezolano consiste en que ese ciudadano, además, vive sumido en la tensión causada por el delincuente, el irreducible coprotagonista del Plan Patria Segura, la figura de mayor relevancia en la esfera pública nacional, que disputa al ladrón de cuello blanco, el liderazgo real en el objetivo de aplastar a la sociedad venezolana. Porque de eso se trata a fin de cuentas: de una vida amenazada y socavada por la falta de los recursos dilapidados por la corrupción, o de la vida amenazada y liquidada por la delincuencia, señores indiscutibles de las calles de Venezuela.