• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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No saben pedir cacao

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Se creía que Hugo Chávez era bipolar o, al menos, sufría de algún tipo de disociación de personalidad que se manifestaba en pataletas descontroladas (cuyo paliativo era, por lo general, una expropiación) y euforias inexplicables que exteriorizaba a través de ordinarios sarcasmos y chistes malos.

Por ello, más de uno lo comparaba con El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, novela de Robert Louis Stevenson que ficciona los conflictos interiores entre el bien y el mal. Esa dualidad, que en Maduro estaría mejor representada por El otro yo del Dr. Merengue, tira cómica del argentino Guillermo Divito que durante años fue publicada en diarios locales, parece haber sido contagiada a dirigentes del PSUV y a funcionarios de su gobierno, de modo que la misma constituye el sello distintivo del régimen.

Recordemos que, cuando Maduro se hizo, con harta opacidad, de la primera magistratura, el presidente de la Asamblea Nacional, en plan de perdonavidas, exigía a los parlamentarios de oposición declarar a favor de la legitimidad del sucesor o, de lo contrario, les negaba -violentando quién sabe cuántas leyes y reglamentos- su acceso al hemiciclo.

Esa actitud, contrastada con la del recién proclamado jefe del Ejecutivo que aún no se podía creer que de reposero del Metro hubiese llegado tan alto y tan lejos, sirvió de base para que muchos analistas compararan la actuación de ese dúo dinámico con las del policía malo y el policía bueno de los seriales televisivos.

El bueno y el malo siguen aparentado ser el primero y el segundo al mando, pero hay quienes afirman que, hoy por hoy, el número 1 es el feo, un padrino que otorga licencia para matar. Ese triángulo entendió que se acabó la manguangua del precio petrolero por las nubes y envió al figurante a pasar raqueta en un infructuoso e impertinente periplo que incluyó dos inútiles peregrinajes a La Meca.

De regreso, sin un cobre y desamparado ante un eventual fin del tutelaje habanero, el bueno, con la anuencia o por sugerencia del malo y del feo, se ha visto en la imperiosa necesidad de explorar vías de acercamiento a la cuna de todos los males, donde, han dicho los inefables cabecillas del proceso, el vicepresidente Biden conspira para acabar con la revolución bolivariana.

Sin embargo, quieren que Obama les eche una manito y, para ello, no se les ocurrió nada mejor que recurrir a Unasur y a su presidente pro tempore, Ernesto Samper. Este SOS asombra no tanto por el mandado como por el mandadero.

En primer lugar, porque voceros del Departamento de Estado han precisado que el diálogo con Venezuela es tema que debe ser tratado bilateralmente y no en el marco de una negociación regional que involucre a factores ajenos al contencioso entre ambas naciones.

En segundo término, pero igualmente relevante, porque el señor Samper fue despojado de su visa estadounidense en 1997, por presuntos nexos con el narcotráfico. Todo indica, pues, que la verdad, pura y dura, es que este gobierno ni siquiera sabe cómo pedir cacao.