• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La roja solución final

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Circula entre ejecutivos empresariales y cuadros partidistas una frase de autoría incierta -algunos se la atribuyen a Lenin, otros a Les Luthier y hay quienes la ponen, como supuesto proverbio chino, en boca de Robert De Niro en la película Ronin- que parece haber alcanzado la categoría de axioma según el cual si no se es parte de la solución, se es parte del problema y que, muchas veces, es invocada para culpabilizar a quienes se ven afectados por dificultades cuya resolución no les corresponde.

Sin embargo, un examen de la administración socialista conduce a pensar que, en Venezuela, el gobierno no tiene ni arte ni parte en solución alguna y es el verdadero problema, porque el origen de la carestía, la escasez, el desabastecimiento y las colas radica en su concepción simplista de la economía, derivada de una postura ideológica, históricamente fracasada, que desdeñó el papel de las fuerzas productivas y apostó por las importaciones con la creencia de que los ingresos petroleros daban para todo, hasta para robárselos por 15 años seguidos.

No era posible satisfacer la demanda a partir del monopolio rojito de una oferta desordenada que nos condujo al llegadero donde estamos varados sin que se vislumbren mejorías. Y, si hace una año Maduró cuestionó los intentos de instrumentar una tarjeta electrónica para regular la distribución al detal de alimentos, hoy defiende un humillante sistema de control que pasa por la identificación biométrica del consumidor, como si se tratase de un delincuente común que busca apropiarse de bienes que no le pertenecen y no de un ciudadano honesto que trata de abastecer a su familia, pagando exorbitantes precios inflacionarios por artículos esenciales.

Habría que preguntarse si esta última genialidad de Nicolás no estará basada en las “libretas de abastecimiento” que, desde hace más de medio siglo, mortifican la alimentación de los cubanos mediante una dieta oficializada a la cual, desafortunadamente, se sometió con resignación el sufrido pueblo antillano, como lo testimonia lo dicho por un parroquiano habanero al diario español El País, al cumplirse los 50 años de la creación de esa perversa herramienta normativa: “Con la libreta nadie vive, pero sin la libreta muchos no podrán vivir”.

Quizá, la fuente de inspiración que ha iluminado a Maduro y a las autoridades que manejan la política alimentaria haya sido la experiencia liderada, en el Chile de Allende, por el general Alberto Bachelet (padre de la presidenta Bachelet) quien como “disciplinado militar” estuvo al frente de la Secretaría Nacional de Distribución a la cual fueron adscritas la Juntas de Abastecimiento y Control de Precios, las deplorablemente famosas JAP, implacables verdugos de los pequeños comerciantes.

La verificación biométrica no es más que una reedición de los procedimientos que los nazis y los comunistas soviéticos empleaban para marcar a quienes iban a ser parte de la solución final.