• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La revolución productiva

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En el mismo acto en el que Maduro anunció que 2015 estará dedicado a promover una “revolución productiva” –la experiencia de la humanidad ha demostrado que estas dos palabras son incompatibles–, volvió a repetir la cantinela de la guerra económica, lo que es sumamente revelador: el presidente todavía cree que puede engañar a los venezolanos culpando a otros de su propia incompetencia e irresponsabilidad.

No habrá “revolución productiva”, de eso puede estar segura la sociedad venezolana. No puede haberla en medio de unas prácticas políticas, protagonizadas del gobierno que consisten en estigmatizar a los empresarios, convirtiéndolos en objetos de falsedades y acusaciones infundadas, tal como ocurrió en la concentración que tuvo lugar en el Poliedro hace unas semanas, donde se hizo patente cuál es el papel que Maduro le reserva al sector productivo venezolano: la de chivo expiatorio de sus decisiones económicas absurdas.

No habrá revolución productiva, no puede haberla, mientras no se desmonte el desafuero de la inamovilidad laboral, cuya consecuencia ha sido exactamente la contraria en todos los sectores productivos: la caída de la productividad y el debilitamiento de la cultura del trabajo en Venezuela. El régimen de Chávez y Maduro ha estimulado el crecimiento de un sector de la población que recibe salarios y beneficios, pero que apenas trabaja o no trabaja, y que no pueden ser despedidos porque gozan de la impunidad que les otorga el Ministerio del Trabajo.

No habrá revolución productiva, no puede haberla, mientras haya toda una amplia actividad del sector oficial dedicada a hostigar a las empresas y los empresarios, a través de todo tipo de fiscalizaciones, a menudo injustificadas y a cargo de funcionarios que desconocen la ley y tienen como sus principales herramientas de trabajo la arbitrariedad y una camisa roja con las letras PSUV.

No habrá revolución productiva, no puede haberla, cuando el gobierno ha convertido la actividad importadora directa de alimentos, medicinas, insumos hospitalarios y hasta de vehículos, en una política de Estado, en vez de promover la producción en Venezuela.

No habrá revolución productiva, no puede haberla, cuando hay toda una maquinaria burocrática dedicada a fabricar obstáculos, inventar reglamentos, cambiar los procedimientos, en resumidas cuentas, una burocracia que se comporta como si su objetivo fuese impedir, bajo cualquier excusa, que las empresas puedan dedicarse para lo que fueron creadas: trabajar y producir.

Pero sobre todo, no habrá revolución productiva, no puede haberla, cuando el gobierno, una vez que ha dilapidado los fabulosos ingresos por la venta del petróleo que tuvo durante años y años, utiliza los pocos recursos disponibles, no en estimular la producción, no en solucionar, por ejemplo, la grave situación de falta de repuestos en el parque industrial venezolano, sino en seguir alimentando con una actividad propagandística absurda el mensaje de una Venezuela cargada de esperanzas, cuando la realidad es que la nuestra es, ahora mismo, una sociedad invadida por la incertidumbre y el miedo a lo que ocurrirá en 2015.