• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La revolución del Conejo

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“Dando saltos en una patita va el conejito para su casita”, tal vez cantaba para sus adentros cuando daba por terminada la juerga Teófilo Rodríguez Cazorla, quien llegó a ser el pran más poderoso del país, suerte de “Chapo” vernáculo cuya notoriedad se disparó a la estratosfera cuando se supo que presumía de ser “asesor y consejero” de Iris Varela.

En una foto reproducida en los medios se veía al Señor del Penal de San Antonio sentado al borde de una cama matrimonial, que vaya usted a saber cómo llegó a su celda, abrazado a la ministra de Asuntos Penitenciarios, una insólita cita con quién sabía mucho de prisiones, pero no desde el punto de vista del carcelero, sino desde la perspectiva de presidiarios convertidos en administradores del degrado que, sin pruritos morales ni remordimientos de conciencia, instauran el miedo e imponen su autoridad con recurrentes y sangrientos escarmientos. 

El “Conejo”, a su paso por la cárcel de San Antonio, hizo de la penitenciaría algo menos que una atracción turística: se las arregló para construir una pasarela peatonal, no tanto para facilitarle el acceso a los familiares de los reclusos, como para que visitaran la discoteca que improvisó dentro del recinto. 

Le gustaban las discotecas y a la salida de una, en Porlamar, donde oficiaba de DJ Jimena Araya, “Rosita”, le emboscaron. Más de setenta disparos de ametralladoras accionadas por sicarios o vengadores apagaron la luz de este conejo que seguramente era, al comienzo de la revolución bolivariana, uno más de esos adolescentes que no terminaban de ser niños de la calle para convertirse en precoces delincuentes juveniles.

Su asesinato ha sido publicitado in extenso, cual si se tratase de una figura ejemplar. También sus exequias, de las cuales lo menos que se puede decir es que fueron a lo grande, ya que se le tributó un adiós a “plomo limpio”, con armas de diverso calibre –accionadas por los privados de libertad pero no de balas–, desde el techo de la cárcel de Margarita y, para que no se irrespetara su memoria, mataron a un motorizado que lo insultó al paso del féretro. 

Un entierro para recordar que abonará la leyenda de este personaje que derivará en objeto de culto mágico religioso, y su imagen, al lado de la de Tirofijo y de otros delincuentes de alto coturno e infame celebridad, será colocada en altares con el beneplácito de los ideólogos del socialismo del siglo XXI que culparán de sus fechorías y mala conducta al “imperio”. 

La promesa de Chávez de acabar con los niños de la calle quedó en veremos. Los niños crecieron y terminaron en pranes. Hoy, quizá, centenares de esos muchachos callejeros que deambulan por la ciudad sin más escuela que la vida misma se reproducirán como conejos. 

¿Y por qué no? Han crecido bajo un régimen militar rojito que considera más peligrosos a los políticos de oposición que a los malandros y los sicarios. De allí que no oculten su simpatía por una revolución que, de paso, no los atrapa ni los condena. Patria o muerte.