• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Dos respuestas presidenciales

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No es cualquier ciudadano el que responde. No es la figura de un partido, que debe saltar contra el adversario, o que tiene ganas de agarrar al otro por el pescuezo olvidando los principios de la civilidad. No es el hombre común que pierde los frenos cuando se siente agraviado. No es el guapo de barrio que salta con zancadillas y cuchillas ante los rivales, o ante la pandilla rival. Es el presidente de la República.

Habla un académico de prestigio, el profesor Ricardo Hausmann, y Maduro le salta hacia el gañote. El catedrático de Economía reflexiona sobre los problemas materiales de Venezuela y se atreve a vaticinar la posibilidad de que la administración no pueda cumplir sus compromisos con los acreedores internacionales.

Desde las ventajas de su alto cargo, desde la protección del poder, el jefe del Estado lo califica de conspirador y ordena medidas legales en su contra.

El doctor Hausmann no es un académico sino un conspirador, se atreve a asegurar Maduro. El doctor Hausmann no habla entonces como especialista en la materia, sino como parte de una ³guerra económica² contra la soberanía nacional, agrega el huésped de Miraflores.

No considera a Hausmann como un profesional cuya opinión se debe tomar en cuenta, ni como un simple ciudadano que ejerce el derecho de expresarse con libertad, sino como un delincuente que debe someterse a la justicia.

Si quien habla es José Luis Rodríguez, un cantante que goza de gran popularidad, lo amenaza con revelaciones en torno a su vida privada. No solo es un intérprete en decadencia, afirma el mandatario convertido en comentarista de farándula, sino también un sujeto cuyas peripecias personales se pueden ventilar si sigue empeñado en meterse en camisa de once varas.

¿Qué hizo el célebre cantante? Se atrevió a criticar la obra del desaparecido comandante Chávez. ¿Qué hace Maduro? Le dice te espero en la bajadita, prepárate para cuando muestre los trapos sucios de tu vida privada.

Seguramente los lectores sepan quién es Chepa Candela, experta en dimes y diretes de la farándula criolla; o la recientemente fallecida Joan Rivers, reina de los chismes de la alfombra roja en Hollywood. Tal cual. Hasta ese tipo de roles desciende el primer magistrado nacional para cerrar la boca de un personaje popular que tiene ganas de decir su verdad porque es ciudadano venezolano y porque la leyes permiten y protegen su albedrío.

Mal están las cosas cuando la cabeza del Ejecutivo toma posiciones sin sentido ni control, sin la decencia del caso, para responder a las críticas garantizadas por la Constitución. El presidente Maduro debe representar a todos los venezolanos, de acuerdo con las leyes y las costumbres de la sociedad, pero se exhibe como lo más parecido a un matón desenfrenado.

El presidente Maduro no representa al PSUV, ni es el albacea del finado comandante supremo, sino la más alta representación política nacional, pero toma partido de mala manera y se dedica a lanzar amenazas e improperios. Mal están las cosas, pero realmente muy mal.