• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los requetemuertos

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Está circulando una novela de José Pulido, titulada El requetemuerto. Es una trama ingeniosa, debido al descubrimiento de un cadáver cuya existencia  pudo ser obra de diferentes personas, según siente cada una de ellas después de perpetrar el crimen que creen haber cometido. Sólo una de ellas se ha ocupado de llevar a cabo el asesinato, pero todas se lo atribuyen hasta participar en una historia de entendimientos erróneos que atraen la atención del lector. Un escrito editorial no se debe ocupar de críticas literarias, ni lo intenta ahora, pero hace uso del título de la obra para hacer referencia a la espeluznante situación que, en materia de homicidios, experimenta la sociedad venezolana de nuestros días.

Nada nuevo, si no fuera por la saña que caracteriza la comisión de los homicidios. Si los lectores recuerdan un reportaje de El Nacional que acaba de circular, convendrán en la existencia del crimen con ostentación, de la necesidad de demostrar cómo se asesina a un ser humano a través de múltiples señales, a través de una cantidad inverosímil de testimonios, como para que no solamente se disipen las dudas sobre la muerte de la víctima, sino también de la indiscutible intención de mandarlo a la otra vida. En lugar de un par de puñaladas, el cuerpo queda cosido por cuarenta entradas de navaja. En vez de un par de garrotazos, una molienda que no deja hueso sano. En lugar de un proyectil en sitio conveniente, veinte o treinta disparos dibujan una escabrosa topografía corporal mediante la cual se pretende ofrecer evidencia de una voluntad contundente de matar, de una decisión a través de la cual afirman los asesinos la existencia de un ciclo de violencia que jamás había existido, pero que ha hecho entrada triunfal con el propósito de caracterizar una época.

Para los cadáveres da lo mismo que los lleven a la morgue como consecuencia de un balazo o de mil, dirá el lector, pero el punto se vuelve diverso si se refiere a una sociedad en proceso de descomposición. Cuando la violencia no se conforma con hacer su trabajo de ofender y liquidar al prójimo, sino que, como complemento, se quita el maquillaje para mostrar el horror de su cara mediante la oferta de un inventario desenfrenado de datos concretos, mediante señales irrebatibles de que llega para establecer un imperio a toda costa, la estadística de defunciones adquiere las dimensiones de un espanto inenarrable.

Aquí no hay entendimientos erróneos, como sucede en la obra de Pulido. Aquí no se trata de fantasías, sino de la entronización de un tipo de agresión que no importa únicamente por lo que significa en esencia, sino por las señales que envía de unas características capaces de llevarnos a hablar de la existencia de un ciclo de terror manejado por unos verdugos que, por primera vez en nuestra sociedad, se vanaglorian de sus maneras de matar. Ha comenzado una época de “requetemuertos” en Venezuela, que supera las fronteras de la novela para convertirse en adelanto de una cascada capaz de derrumbar los pilares de la convivencia.