• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La reencarnación de Pilato

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Sin agua y con las manos sucias


Hoy se celebra la resurrección de Jesús quien, después de ser sometido a la justicia imperial representada por Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado para descender a los infiernos (podríamos preguntarnos qué diablos fue a buscar en las antípodas de su reino, pero esa es cuestión de teólogos) y resucitar al tercer día, ascender a los cielos y sentarse a la diestra del Creador, desde donde ha de venir a juzgar a vivos y a muertos –¡que nos agarre confesados!– y a apretarnos las tuercas por nuestros pecados.

El renacimiento del Redentor es también alumbramiento simbólico de la cristiandad, de allí la trascendencia de este domingo que las tradiciones populares consagran a la quema de Judas, a fin de castigar a quienes el pueblo culpabiliza de sus padecimientos.

Mas no queremos extendernos en la introducción a esa alegoría del retorno a la vida que constituye uno de los pilares de la fe cristiana, sino asumirla como metáfora para aproximarnos a la presunta condición de fénix que algunos malabaristas de la opinión atribuyen al régimen y, así, decirles lo que quieren oír a quienes contratan encuestas e investigaciones a objeto de hacerse una idea de lo que piensa el pueblo del desgobierno rojo rojito.

Algunos de estos pesquisidores, que se multiplican como bíblicos panes, alimentan la creencia de que se estaría produciendo una reversión del rechazo al gobierno militar y de su civil mascarón de proa, y cargan a la MUD la responsabilidad de un portento al que ni siquiera los más fieles creyentes en los milagros de un santo nuevo –san Hugo Rafael de Sabaneta– conceden el mínimo crédito.

Se trata, por supuesto, de una estratagema propagandística que, a partir de hechos más bien efectistas –retiro del Capitolio de las imágenes del eterno y la versión digital de su padrecito Libertador– o anuncios precipitados referentes a la transición o el cambio –“en seis meses saldremos de Maduro”– los cuales, pensamos, procuraban neutralizar un  radicalismo que, producto de la impaciencia de quienes están hasta la coronilla de la ineficiencia y el maltrato oficiales, podría derivar en confrontaciones no deseadas en las que, como siempre, pagarán justos por pecadores.

No es ave fénix Nicolás; tampoco Lázaro. Tiene mucho, eso sí, del prefecto de Judea y, como él, se lava las manos con el jabón de las excusas y en la ponchera del yo no fui. Un hinduista podría creer que se trata no de la resurrección de Pilato, sino de su reencarnación.

Por esa razón, no compromete lo que llama legado de su “divino maestro” –quien “esperanza inútil, triste desconsuelo”, por mucho que lo implore el discípulo, no resucitará– y prefiere crucificar a la ciudadanía, imponiéndole penitencias e infames suplicios para que sobreviva con las míseras raciones que reparten sus alabarderos en el circo de las colas.

Nicolás no resucitará: es un zombi; un insepulto cadáver político que acude religiosamente al Cuartel de la Montaña para sentarse a la derecha del zurdo.