• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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“Te quiero” Caracas

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Desbordado de afecto por la sultana del Ávila, el alcalde Jorge Rodríguez decidió anunciar sus amores a través de unos afiches. Como no puede mostrar sus sentimientos mediante la exhibición de obras concretas, prefirió la contratación de millones de letreros con su imagen de mancebo flechado por el Cupido de los metropolitanos enamoramientos. ¿Quién se atreve a criticar semejante conducta hacia la capital que debe cuidar como alcalde? Nadie en sano juicio. Sería como ponerse a dirigir reproches a un fogoso joven que paga para que le publiquen en el periódico las cartas para su amada.

Sin embargo, ciertas vicisitudes interfieren el mandato que Cupido le hizo a Jorge. Primero: estamos en la antesala de unas elecciones municipales. Segundo: existe un reglamento relativo a la comunicación de ese tipo de requiebros mientras se desarrolla la campaña electoral. Tercero: frente a tales circunstancias, se debe explicar con precisión la fuente de la cual proviene el dinero que permite el conocimiento público de lo que el pretendiente siente por la pretendida. Cuarto: nunca falta quien se convierta en detective en cuestiones de amores, para fastidiarlos, en este caso un periodista de El Nacional.

Después de rigurosa investigación, nuestro periodista ha descubierto que el galán no sacó de su bolsillo la plata para ganarse el favor de la dama, que el atormentado mancebo no sacó monedas de su bolsillo para que sonara la rocola con los boleros propios de su estado de ánimo. ¿De dónde salió la plata? De las arcas de la Alcaldía de Libertador. Condolido ante la desesperación del muchacho, el comprensivo tesorero de la municipalidad se dispuso a ayudar con unos centavos para que la esquiva señora se enterara de cuánto la procura Jorge. “Te quiero, Caracas”, se lee ahora en los letreros que cuelgan en los faroles con el retrato del discípulo de Cupido, en las tarimas de la función electoral y en millares de franelas que ahora visten los amigos que acompañan al desbordado caballero en serenatas escuchadas en todos los balcones.

Para desdicha del pretendiente, su idilio no es privado, su idilio incumbe a todos los caraqueños. Jorge no es el único enamorado. Hay otros caballeros tras la misma dama, pero sin los recursos para la adecuada manifestación de su amor.

La perseguida virgen no puede enterarse de cuánto la quieren otros individuos de encendido corazón, porque los requiebros de Jorge se han vuelto abrumadores debido a que le sobra el dinero para ponerlo de rodillas ante ella con un anillo de diamantes en la mano.

El dios de los amores, sabio al fin, creó un árbitro para la solución de estas terribles cosas del corazón: CNE, se llama entre nosotros. Después de la denuncia hecha por uno de nuestros periodistas, ¿permitirá el árbitro un noviazgo tan descaradamente ventajoso y deshonesto?