• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La otra quema de Judas

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Hace 40 años el cineasta Román Chalbaud estrenaba su película La quema de Judas y como la totalidad de sus films rodados en la época de la democracia, enfiló sus cañones contra los males del sistema político venezolano. No podría ser de otra manera: su formación ideológica y su compromiso de vida le imponía revisar con ojo crítico lo que había quedado en el campo de batalla luego de dos décadas de violencia.

La derrota militar y política de la izquierda había destrozado las esperanzas de un mundo mejor en aras del cual se sacrificó una juventud impetuosa. La represión, el hampa, la guerrilla, la policía se unía en un hilo cínico de complicidad y corrupción. La quema de Judas invocaba el fuego corto, purificador y popular que reducía a cenizas aquel sueño.

No pocas veces la historia se repite aunque, afirman algunos, lo hace malamente como una farsa. Esta vez ocurre lo contrario porque, quiérase o no, debe admitirse que la quema de Judas ocurrida este Domingo de Resurrección no sólo fue histórica sino que contradijo abiertamente lo que ha terminado siendo casi una norma sobre el peligro de repetir la historia.

Esta vez no hubo en la quema de Judas la incineración del traidor a Cristo, ni la algaraza popular de los vecinos que, en una carta, le reclamaban a Judas las infidelidades del gobierno con la colectividad. Esta vez la candela que iba a quemar a Judas no fue una pequeña hoguera lugareña, ni una lumbre particular: fue una candela que recorrió los montes y las playas, los caseríos y las capitales de provincia, las plazas y las calles, los puentes y los parques.

Lo asombroso de todo era que en nada se parecía a los de antes, a lo meramente local, sino que la candela cruzaba el país como una inmensa cicatriz que rechazaba apagarse. Y resultaba imposible que se apagara porque el fuego no era un festejo sino un interminable reclamo contra el gobierno, contra su ineptitud, contra su corrupción y contra su cinismo al usar las necesidades del pueblo como una manera de saquear el tesoro público.

Y esa candela no había ardido porque Judas cometía el pecado de la traición por unas miserables monedas sino porque, de alguna manera tenebrosa y fatal, el gobierno bolivariano actuaba de la misma manera y traicionaba arteramente, por su afán desaforado de dinero, el honor de Bolívar, la soberanía nacional y la nobleza de un pueblo.

En el fondo lo que estallaba con la quema simbólica de los principales jefes del chavismo era un rechazo a que se siguieran escudando tras la figura del Libertador cuando, como todo el mundo lo sabe, Bolívar nunca fue tramposo, embustero, ladrón de los dineros públicos ni cómplice de los corruptos. Murió pobre porque no fue un boliburgues ocupado en acumular riquezas ni en colocar sus dineros mal habidos en el exterior.

Bolívar murió extremadamente flaco, vestido con una camisa prestada y sin dinero en el bolsillo. Hoy vemos a quienes utilizan su figura para justificar su “amor por el pueblo” como el retrato al revés del Libertador: gordos, es más, obesos, hinchados y vestidos con chaquetas “Made in USA” y portando en sus muñecas relojes de multimillonarios.

Es explicable entonces que los jóvenes que hoy hacen resistencia a la Guardia Nacional y la Policía Nacional Bolivariana resuciten la democracia en un domingo en que la población venezolana exige perseguir la corrupción, llevar a juicio a los torturadores y asesinos de estudiantes y que se abra un diálogo de verdad y no un baile de disfraces.

El Domingo de Resurrección debería inspirarse en ese Cristo resucitado que Piero della Francesca imaginó en un fresco pintado en una iglesia de la Toscana: con un pie puesto sobre su tumba y con mirada indignada, de pura arrechera.