• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Se quema el Ávila

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Los incendios en el Ávila, que la ciudad atestigua con impotencia y horror, son usualmente provocados y tienen su origen en la inmensa cantidad de vidrio y otras basuras que, combinados con la fuerte sequía y el sol, encienden la vegetación allí reseca. Según las autoridades, existen piromaniacos que actúan por mero placer y, por esta época, se dedican a incentivar los focos de incendio.

La situación se agudiza por la desprofesionalización de Inparques y su alejamiento de lo que debiera guiar su actividad y misión.

El sectarismo político alejó del Ávila y de Inparques los conocimientos y experiencia de quienes saben de esa particular especialidad que es conservar un parque nacional de montaña, con vegetación y cursos de agua, con ciclos naturales propios de esta región tropical, y con procesos ecológicos que dialogan con la populosa ciudad construida en sus faldas. De eso hay que saber para poder evitar que se incendie el cerro.

Quizás por ese sectarismo, o por la desconfianza que este Gobierno tiene hacia los ciudadanos, quienes hoy dirigen Inparques y manejan el Ávila eliminaron la participación que otrora tenían los grupos de voluntarios que prestaban un significativo servicio a la conservación del Guaraira Repano, a la prevención de incendios y al combate de estos, y hasta a la búsqueda y salvamento cuando era necesario.

Limitaron la participación ciudadana en esas tareas y no saben cómo tomar decisiones y administrar el cerro para evitar catástrofes. Son neófitos, pero estos sectarios tienen el peor de los defectos: no se dejan ayudar por los que saben.

Conocer el cerro, palmo a palmo; palparlo y sentirlo; saber de sus caprichos y crecidas; de sus ciclos y parajes; conocer sus carencias y peligros; entender su sistema hidrológico y su compleja ecología es necesario para evitar incendios en su territorio. Y eso lo desconocen estos jefes que producen risa en los guardaparques y otros expertos, cuando ven sus desatinos.

El Ávila ha tenido y debiera tener y conservar en perfecto estado sistemas de tubería y cortafuegos cuyo mantenimiento está reducido o es inexistente. Hidrantes para el combate, diques para guardar agua en su seno, evaluación y monitoreo constante de sus zonas críticas y estrategias claras de combate de eventualidades es algo que el Ávila ha perdido y requiere con urgencia.

Las aguas que bajan del Ávila son constantes todo el año. En épocas de sequías siguen fluyendo y ofrecen la posibilidad de un “sistema de combate de incendios” que tenga entre sus estrategias usar esas mismas aguas del Ávila para aplacar los feroces incendios que lo aquejan cada año. Eso se ha hecho, pero fue abandonado.