• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El portaaviones rojo

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El Gobierno de Estados Unidos acaba de señalar, por sexto año consecutivo, el fracaso de la política antidroga de Venezuela y, de paso, recalca la ausencia de cooperación con el principal proveedor de ayuda del mundo en la lucha contra el narcotráfico. Esto nos coloca en el mismo nivel que Bolivia y Birmania cuyas instituciones están penetradas por bandas de traficantes y cuya burocracia no obedece a los mandatos de la Constitución.

Evo Morales, por ejemplo, proclama el cultivo y uso de la hoja coca como algo ancestral en su país, pero no evita que la producción siga creciendo al margen de los límites que el Estado permite. Ese excedente se usa en la elaboración de la cocaína que se exporta a Brasil (el principal mercado en Suramérica), a Argentina, que funciona como país de tránsito hacia África y Europa, así como también a Chile y Paraguay.

Es cierto que Estados Unidos es el principal país consumidor del mundo y todos los chavistas lo repiten como loros. Lo que no dicen es que si se suman los consumidores de Brasil y Argentina más los de la Comunidad Europea, el resultado es que superan en número a los estadounidenses.

En este momento, Europa es el gran mercado porque no deja de crecer, al contrario de Estados Unidos cuyos consumidores están migrando, cada vez más, hacia las drogas sintéticas o de diseño.

En cuando a Venezuela, es falso lo que dice el ministro El Aissami, en cuanto a que la principal ruta de drogas pasa por el Pacífico. En realidad, nuestro país, desde 2008, se ha convertido en una gran caleta de drogas y un gran narcoportaaviones, especialmente en Apure, desde donde sale 99% de los vuelos ilegales detectados en la cuenca del Caribe, con destino al norte (Honduras, Haití, Guatemala y México).

Esa frecuencia de vuelos ilegales no es posible sin la complicidad de una pequeña pero bien posicionada fracción de la Fuerza Armada. Hay que decirlo así, aunque duela. Para cruzar el país de sur a norte es necesario pasar por la vigilancia de cinco radares de origen chino, que no tienen más de tres años de instalados y deberían estar en plena operatividad.

Sin embargo, o no se detectan los vuelos (con lo que el sistema es totalmente inútil) o esos militares se hacen los ciegos en determinados momentos, y generan lo que en la jerga de los narcos se llama una ruta segura.

Por otra parte, la Unión Europea mantiene programas de cooperación con Venezuela, a pesar de que este Gobierno ha dado muestras de complicidad con sectores involucrados en el tráfico de drogas, especialmente las FARC. Las conversaciones del Gobierno de Colombia con las FARC, de llegar a buen término, ocasionarán un nuevo efecto de dispersión de los guerrilleros hacia territorio venezolano.

El gobierno de Chávez, cegado por la simpatía hacia esos grupos, continuará hasta lo posible negando la implicación de ellos en el tráfico de drogas y los secuestros. Pero, al final, se sabrá todo.