• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La política del futuro

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El caso chileno remite a los recuerdos colectivos y a cómo estos se convierten en un factor de división de la sociedad. Es usual que cada quien mire el pasado según su parecer, según sus sentimientos, debido a que dependen de cómo las personas han vivido los tiempos anteriores o de cómo se los han referido sus mayores.

Tampoco es inusual que un sector social se acoja a determinada versión de la historia porque se ajusta a unos intereses y a unas simpatías que rebasan el límite de lo individual para convertirse en una evocación compartida que busca establecimiento. No se trata de un asunto trivial, cuando las sociedades han experimentado convulsiones desgarradoras que no pasan del todo pese a que, en sentido físico y estrictamente cronológico, parecen fenómenos muertos y enterrados.

Muertos y enterrados a medias, porque es tan voluminoso su peso que se sigue cargando en los hombros de la colectividad.

Chile no vive un presente apacible debido a los problemas que afronta en la actualidad, por supuesto, pero también porque los ciudadanos, viejos y jóvenes, reconstruyen el golpe de Pinochet de acuerdo con los efectos disociadores que tuvo.

Estamos en ese caso, por lo tanto, ante una división social cuyo origen no es inmediato, sino esencialmente el producto de cómo cada quien lo recuerda en atención a los sufrimientos o a las ventajas que surgieron de él, aparentemente remotas porque sucedieron hace cuarenta años, pero demasiado próximas por las secuelas que ha dejado y se niegan a desaparecer.

Es el mismo predicamento de los españoles ante su Guerra Civil. Más remota todavía y más distante debido a la muerte de la mayoría de los protagonistas, pero cuyas heridas siguen moviendo la sensibilidad de los hombres de la actualidad hasta el punto de que se siente todavía como un episodio del presente.

El gobierno socialista de Rodríguez Zapatero intentó curar el dolor mediante una Ley de Memoria Histórica gracias a la cual se llegara a un entendimiento equilibrado del conflicto, paso trascendental que no ha logrado del todo su objetivo pero que lo continúa intentando como prioridad.

En los tiempos recientes Venezuela no ha sido víctima de hechos tan cruentos, pero es evidente la existencia de un proyecto oficial cuyo propósito es el rescate de hechos pasados que en su momento provocaron el enfrentamiento de la sociedad: el conflicto guerrillero de la década de los sesenta del siglo pasado, por ejemplo, o hechos aislados de violencia espeluznante.

Si miramos hacia el Chile de hoy, convulsionado por las tajantes divisiones de la memoria, podemos captar la gravedad de lo que puede ser una selección sesgada de los recuerdos cuando dependen de un empeño gubernamental. A la vez, la regulación orientada al acercamiento de la sociedad que promovió Rodríguez Zapatero en España, remite a un modelo susceptible de una imitación sin reservas.