• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La pira y el oso

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Lo ocurrido la madrugada del 4 de agosto pasado en la Alcaldía Bolivariana Indígena de La Guajira tiene algo de trágica premonición, de principio del fin que corresponde a quienes, en nombre del pueblo, se burlan de éste, dándole la espalda una vez encaramados en el poder.

El incendio y los destrozos causados al ayuntamiento guajiro por gente exasperada, a la que asiste la razón del hartazgo, vienen a sumarse a la cadena de saqueos que cada vez, con mayor furia y frecuencia, se registran a lo largo y ancho de nuestra geografía.

Pero lo de Sinamaica llama especialmente la atención por tratarse de lo que los rojo rojitos consideraban, hasta hace muy poco, territorio de su exclusividad. Una creencia sin fundamento a juzgar por el candelero al que la poblada arrojó los retratos de Chávez y Maduro, quema simbólica que nada bueno presagia para el régimen.

Las escenas descritas por testigos de lo que allí sucedió, precariamente expuestas en los medios, hablan de una reacción popular que obedece a la indiferencia, cuando no al maltrato, con que las autoridades locales y estatales –léase Francisco Arias Cárdenas– responden a las quejas y reclamos de los pobladores de estos deprimidos parajes que evocan olvidos y abandonos.

“En la Guajira venezolana hay hambre. Pasan semanas sin que abastezcan sus expendios, mientras pasan camiones de comida a Maicao”, pudo leerse en un tweet atribuido a la periodista Milagros Socorro, conocedora en profundidad de la zona. No es de extrañar, pues, que una población famélica, sin acceso a los productos requeridos para una dieta sin pretensiones, pero con las calorías indispensables para la subsistencia, se indignara por el paso de cuatro camiones hacia Colombia; dos camiones, se dijo con malicia, transportaban alimentos “hechos por Empresas Polar”, una forma insidiosa y cobarde de implicar a quien no tiene velas en ese entierro, pero que el gobierno considera enemigo por ser productores eficientes de alimentos.

Es obvio que esos camiones, repletos de arroz, azúcar, aceite y harina de maíz –que tanto la GN como policías le dieron paso– operaban a las órdenes de contrabandistas presuntamente relacionados con funcionarios de alta jerarquía. Y eso lo saben Raimundo y todo el mundo. De allí el saqueo.

Uno más, repetimos, de lo que ya se vislumbra como un interminable rosario de apropiación violenta de los alimentos que escasean o se racionan o han desparecido por acaparamiento, con designios proselitistas, por parte de Mercal, Pdval y la Cadena Bicentenario. Esa es la incontestable verdad.

Que una muchedumbre, que hasta hace nada gritaba ¡Uh-ah, Maduro no se va!, haya incinerado públicamente el rostro impreso de los presidentes bolivarianos no es un hecho que debe despacharse así no más, como quien refiere un accidente de tránsito.

No fue un oso polar lo que se redujo a cenizas en esa pira. Estamos ante un acto público de altísimo contenido simbólico que anuncia turbulencias que ojalá, como una guerra anunciada, no mate soldados.