• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Dónde está el piloto?

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Nunca antes en nuestro país, los militares habían contado con un fuero tan especial que los colocara  por encima de cualquier sospecha. Sus prerrogativas han hecho de ellos miembros de una suerte de cofradía privilegiada que, en un régimen marcadamente pretoriano, pueden actuar a placer no importa dónde ni cuándo. Sólo así se explica que, en estos quince años, no se haya abierto una sola averiguación seria sobre las reiteradas acusaciones que pesan sobre oficiales de la FAN en relación a su presunta participación en el tráfico de drogas.

Ayer por ejemplo se mencionaba el vuelo de una aeronave no identificada por los cielos de la parte norte del Estado Falcón, lugar de tránsito utilizado muy a menudo por quienes pretende ingresar por vía aérea a nuestro país, casi siempre con la intención de cumplir alguna tarea relacionada con el narcotráfico.

La presencia de la pequeña aeronave parece ser que hizo sonar las alarmas en la Fuerza Aérea venezolana y, según cuentan los testigos, de inmediato se sintió el vuelo atronador de los cazas militares que presuntamente iban tras la pista de la nave intrusa.  Al final, todo quedó en aguas de borrajas pues a pesar de los grandes esfuerzos de nuestros pilotos no se logró localizar la aeronave que, misteriosamente, desapareció sin dejar rastros.

La Fuerza Aérea Venezolana es sin duda un componente militar muy bien adiestrado y disciplinado, aunque lamentablemente muchas veces tienen que luchar con un enemigo interno que sirve de cómplice a los narcotraficantes. De nada vale comprar radares y satélites costosos y modernos, si desde tierra los aviones que incursionan en nuestro territorio son guiados por manos peludas.   

Desde que, a finales del siglo XX, se hiciese mención de un supuesto “cartel de los soles”, desde diversas instancias y distintos ángulos, se ha señalado a prominentes militares de alto rango en operaciones ilícitas que van desde el soborno a la vigilancia y transporte de narcóticos y estupefacientes en cantidades industriales que suponen el manejo de multimillonarias cifras en dólares.

Algunos de los denunciantes han pagado con su vida el atrevimiento de mancillar con sus imputaciones el honor de una institución cada vez menos republicana, cuyos integrantes, especialmente la GN, hace ya mucho tiempo que abandonaron el closet de la no beligerancia, y se apegan con mayor frecuencia a las prácticas mafiosas de quienes hacen uso del poder político para acrecentar sus fortunas personales.

Así, en 2004 fue asesinado en Monagas el periodista y concejal Mauro Marcano, quien había apuntado su pluma, en el diario El Oriental, contra altos cargos de la Guardia Nacional. Los oficiales mencionados nunca fueron investigados. Y el homicidio se resolvió, en apariencia, apresando chivos expiatorios.

A partir de los  anuncios de sanciones  por parte de la  Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC por sus siglas en inglés: Office of Foreign Assests Control) a Hugo Carvajal, Henry Rangel y Rodríguez Chacín, en 2008, por su participación en un supuesto intercambio de drogas por armas y, sobre todo, por la información encontrada en los ordenadores portátiles de Raúl Reyes  (jefe de las FARC) y de las revelaciones de Walid Makled, se han reportado varios abatimientos de aeronaves que estarían siendo utilizadas por los narcos.

Lo asombroso es que siempre se muestran los restos achicharrados de una avioneta siniestrada, pero jamás se informa sobre la identidad y paradero  de la tripulación; y lo más curioso es que los derribos  de narcoaviones coinciden, invariablemente, con alguna noticia, anuncio o incidente que vincula al país con el ruta de la droga; una ruta, al parecer, sobrevolada a control remoto porque, si no ¿dónde está el piloto?