• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El pillo descendiente

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Es que cuando no la hacen a la entrada, pues no la pelan a la salida. Ayer en un acto celebrado en Anzoátegui, como apoyo a la señora Dilma Russeff  (la presidente que la justicia de Brasil mantiene guardada en la nevera por ser cómplice de su ex jefe Lula en los latrocinios que cometieron en comandita para mantenerse en el poder a fuerza de sobornos), el vicepresidente Aristóbulo Istúriz se atrevió a decir que la oposición sabe “que aquí no va a haber referéndum, están convencidos, están haciendo pantalla. Primero, porque lo hicieron tarde; segundo, lo hicieron mal, y tercero, cometieron fraude”.

Como diría cualquier votante en Barlovento, “qué negrito tan faramallero”, pero decir negrito es un abuso racista según el lenguaje bolivariano que, hasta esa palabra tan común y cariñosamente usada entre nuestras familias para distinguir a alguno de nuestros hermanos o primos porque son morenos, está ahora prohibida, con pena de cárcel.

Lo cierto es que Aristóbulo se las trae en eso de mentir políticamente, incluso desde los lejanos tiempos en que era militante adeco y romulero, hasta que Luis Beltrán Prieto se le alzó a Rómulo Betancourt y montó tienda aparte con el MEP. Allí Aristóbulo brincó la talanquera y se salió de Acción Democrática, y no ha parado un solo momento de saltar de un partido a otro, a tal punto que hoy debería estar clasificado para los Juegos Olímpicos de Brasil, en la modalidad de los 100 metros con vallas. Tendríamos allí una medalla de oro asegurada.

Que como vicepresidente nombrado a dedo por Maduro se atreva a descalificar a la oposición y la acuse de fraude en un proceso que todos los venezolanos hemos observado y requeteobservado porque se ha llevado adelante abiertamente ante la mirada pública, con uso de planillas suministradas por el propio Poder Electoral, no es más que un insulto intolerable lanzado irresponsablemente por un aventurero de la política, como bien ha quedado establecido ante los ciudadanos que conocen su paso, extremadamente rentable, por el Ministerio de Educación y la Gobernación de Anzoátegui, de donde lo sacaron porque su gestión era deplorable. Tuvo suerte, pues nadie quería ser vicepresidente de Maduro y por descarte llegó a sus manos el cargo.

Ahora bien: ¿por qué este señor cree tener la libertad de burlarse de los ciudadanos que humilde y democráticamente colocaron su firma y su huella en una planilla autorizada por el CNE para pedir un cambio en el rumbo del país? ¿No está ese procedimiento legalmente establecido y en vigor o ha sido invalidado en secreto desde La Habana?
 
Para nada, todo lo contrario, a tal punto que lo que se discute son asuntos que conciernen a las fechas y los procedimientos ulteriores que deben ser cumplidos. Nadie ha hablado de fraude porque esa arbitrariedad electoral es monopolio del gobierno rojo rojito como bien ha quedado demostrado con el simple hecho de que la oposición, para poder ganar debe, al menos, duplicar al oficialismo para evitar que le roben descaradamente la victoria.