• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El pe(s)cado de la carne

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Le tocó el turno a la carne. De las ya de sí solitarias neveras han desaparecido no sólo los cortes de primera sino cualquier vestigio de los de segunda o tercera. Ni huesos ni tuétano para un caldo de consolación. Ni paticas ni panza para un mondongo; ni rabo, ni bofe ni corazón para fritos, asaduras y anticuchos a consumir en los improvisados ventorrillos de feria que animan las marchas contra el desabastecimiento y la inflación.

Pues, si no hay carne, iremos por el pescado. ¿Cuál pescado? Sí, dígame usted cuál pescado, porque los pescadores hace tiempo que venden sus capturas a mercaderes apostados a doce millas de nuestras costas, estraperlistas de alto vuelo que se abastecen, con los ejemplares atrapados en nuestras aguas, en transacciones efectuadas en dólares, provocando no sólo la escasez de un alimento básico, sino el obsceno encarecimiento de los pocos especimenes que llegan a los muelles, lonjas y pescaderías.

La carne y el ganado solían irse por los caminos verdes. Ya no más. Invasiones y expropiaciones acabaron con haciendas productoras de leche y carne para ser convertidas, con el pretexto de combatir el latifundio, en ineficientes cooperativas y mutualidades de conucos de productividad cero.

La utopía agropecuaria aupada por “el líder inolvidable” sólo sirvió para que bandidos y bribones, devenidos en falsos dirigentes comunales y comisarios políticos, acapararan los créditos blandos y adquirieran sus 4x4, sus costosos sombreros y sus relucientes botas vaqueras con punteras de plata, a fin de exhibirse en toros coleados y fiestas patronales.

La carne ya no se va por esos caminos colombianos, pero sí la harina PAN, el jabón, las hojillas, el café y un amplio inventario de productos cuyos precios regulados le restan estímulo a su producción y propician el contrabando de extracción.

Chávez condenó la riqueza, no porque creyese que era pecado capital; sabía que, en el fondo, generar y acumular riquezas puede ser una virtud. Una virtud que, por principio (a su juicio y al de los que como él mantienen en pie el mito del hombre nuevo y las fábulas marxistas sobre la equidad) no debe exaltarse entre los que menos tienen, porque éstos, al hacerse de unos centavos, dirán a la revolución adiós luz que te apagaste.

Los que no quieren calarse una condena a la precariedad perpetua ya encontraron la forma de hacer fortuna sin tomar en cuenta la frase del comandante que “ya-no-está-aquí-pero-vive”. De manera que se dedicaron al “bachaqueo” y la reventa especulativa creando una mafia de la economía informal sobre la base de nuevas ocupaciones (hacedores de cola, informadores infiltrados en supermercados, socios colocados en puestos clave en Mercal, Pdval y abastos Bicentenario) cuyas prácticas hacen palidecer a las que fueron repudiadas por los rojos como inhumanas y propias de capitalistas.

No hay carne. No hay pescado. Hay, sí, patria para regalar y súper capitalismo salvaje… pero patria sin arroz (que tampoco hay) es un plato muy insípido.