• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Hace algunos años, uno de nuestros colaboradores escribió que, durante el gobierno de Hugo Chávez, atrasos, demoras y aplazamientos eran moneda corriente y la morosidad fundamento de la administración pública. Semejante menoscabo del tiempo ajeno no era ni es una manifestación aislada de la poca estima en que el poder bolivariano tiene a la ciudadanía; mentira, falsificaciones, y amenazas se suman a las distorsiones que sirven de soporte a la corrupción, la única institución de cuyo engrandecimiento podría jactarse esa mona revolución que, aunque vista de seda, roja se queda.

La mentira –mil veces repetida como prescribe el patrón goebbeliano– es el motor eficiente de su ingeniería retórica. De ella echan mano sin pudor alguno para declarar enormidades que hacen sonrojar de indignación. Abundan los ejemplos. Referiremos apenas dos: la patraña  del ministro del poder popular para relaciones interiores justicia y paz, Gustavo González López, quien sin hacer mención de estudios o encuestas sostiene que más  de 80% de la población estaría de acuerdo con las OLP; y, el embuste de un presunto empresario enchufado en el gabinete como ministro de industria y comercio con rango de vicepresidente del área económica –no colocamos mayúsculas para evitar excesos con una titularidad y una jerarquía que a Padrino le sabrán a soda– al afirmar que los galpones de la corporación Kimberly-Clark estaban repletos de mercancía, y no tuvo siquiera el decoro, por aquello de ver para creer, de mostrar una foto o colgar un selfie en Instagram.

Las falsificaciones comenzaron desde el momento mismo en que el megalómano sempiterno calzó las botas del poder y se abocó a adulterar el pasado para ajustarlo a su delirio de grandeza. Continuaron con la orden de instrumentar nuevas formas de calcular el índice de precios al consumidor, para ocular la inflación y no han cesado desde entonces, al punto de que nomás el domingo último, cuando el mundo entero supo que más de 130.000 venezolanos habían transpuesto las líneas fronterizas con Colombia para hacerse con artículos de primera necesidad –“Un mar de venezolanos cruzó la frontera en busca de comida”, tituló El Tiempo de Bogotá–, Vielma Mora con su cara muy bien lavada (no le falta jabón, ni hojillas ni crema de afeitar) sentenció que esa gente no viajó a adquirir bastimentos, sugiriendo segundas y aviesas intenciones.

¿Amenazas? El pithecanthropus cabellus las ha proferido al por mayor,  –“Si la derecha quiere calle, calle tendrá”– que van desde el encarcelamiento de diputados hasta la rotunda negación de cualquier posibilidad de revocatorio, pasando por admoniciones a sus camaradas –“Hay gente que habla lindo pero tiene espíritu traidor”–, con esa petulancia que recuerda a los que, en una canción de Serrat, “fanfarronean a ver quién es el que la tiene más grande… se arman hasta los dientes en nombre de la paz y culpan a otros si algo les sale mal”.

El de marras blande un garrote. ¿Hará con él lo que Maduro sugirió a Almagro? Entre esos tipos y el soberano hay algo personal. Por eso, el pueblo los espera en la bajadita.