• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los pelucones de Nicolás

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Maduro ha querido hacerse de un discurso para tener algo propio, por lo menos, algo que lo distinga del “comandante eterno”, pero no lo logra. Sus arengas terminan en las palabras gastadas del antecesor y en los clichés de costumbre. Lo ha intentado sin éxito y, por ello, figura como uno más en el montón de la retórica chavista.

No podía distinguirse del mezclote porque, para que lo sintiéramos distinto y original, se puso a hablar de “pelucones”. Unos sujetos desconocidos para los venezolanos se adueñaron de sus arengas. Un adjetivo que no decía nada a los destinatarios de sus cadenas formó parte de la familiaridad de las intervenciones.

Una necedad del tamaño de una iglesia para atacar a los adversarios y para dejarlos mal parados, utilizar voces que no dicen nada porque nadie las entiende. A lo mejor su consejero es el mismo que le vendió a Chávez el rostro mulato de Bolívar.

Nadie había hablado en Venezuela, desde el nacimiento de la república, de la existencia de “pelucones”. No existían los “pelucones” y no formaban parte de la historia, como no la forman ahora, pero a Maduro se le ocurrió la maravillosa idea de utilizar el vocablo para referirse a los enemigos del pueblo, a los potentados que atentan contra la soberanía.

Tiempo perdido, bullas aventadas al aire que no pueden tocar tierra, expresiones sin significado concreto que, como no podrán mover a la gente, apenas moverán la esterilidad de la lengua que las convierte en parte de un vacío.

Si estuviéramos en Chile, donde hubo una etapa conocida como “república pelucona”, supuestamente opuesta a los intereses del “pipiolaje”, otro gallo cantaría. Pero aquí, así como no funciona una pretendida identidad de “pelucones”, tampoco hay “pipiolos“ que se les enfrenten. Muy mal Nicolás: arengas perdidas, ruidos sin destino para fabricar un discurso peculiar que no pasa de ser uno más en el repertorio del chavismo.

Pero de los mítines hueros Maduro pasa a las acusaciones infundadas contra uno de esos “pelucones” de artificio que quiere convertir en parte del paisaje antipatriótico. Hay un “pelucón” muy malo, asegura, terrible como Satanás y cabecilla de una conspiración internacional contra lo que todavía no ha bautizado como la “república pipiola” que a él le gustaría representar si fuera mandatario en el Cono Sur.

Nada de particular en materia de ataques del nefasto “pelucón” de nuestra historia (siempre hay personajes nefastos en sus discursos), nada sorpresivo, en principio, pero llegó al extremo de acusarlo de consumir substancias alucinógenas. Un “pelucón” drogo, por lo tanto.

¿Cabe mayor irresponsabilidad, mayor irrespeto, mayor calumnia? El presidente no solo se dedica a fraguar vocablos condenados a la incomprensión y a la desconexión, necedades retóricas que a nadie importan porque nada dicen. Ahora las condimenta con falsedades y maledicencias dedicadas a un ciudadano que no las merece bajo ningún respecto. A su discurso no solo le falta sentido común, sino también contenidos éticos.