• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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La paternidad del diálogo

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En los días más recientes el gobierno ha querido presentarse como promotor del diálogo con los factores de la oposición. Ha insistido a través de sus voceros en anunciarse como vanguardia desinteresada de unas conversaciones urgentes, ante las cuales la oposición se ha puesto a vacilar. Yo invito a conversaciones en beneficio de la concordia nacional, mientras la oposición muestra su renuencia: tal es, palabras más, palabras menos, el discurso que han puesto a rodar los rojos-rojitos.

¿Por qué esta exhibición, que no se compadece con la realidad? ¿Por qué esta mutación insólita? Todos sabemos que, desde hace más de tres lustros, el régimen ha pretendido el ejercicio de un monopolio de la verdad que, como todo monopolio que se respete, no admite competencia. Sin embargo, ahora quiere hacernos creer que está ansioso por llegar a acuerdos con unas fuerzas de la oposición que prefieren declarar la guerra. Conviene pensar en los motivos de esta maroma destinada a engañar incautos.

El régimen tiembla ante la posibilidad de que la OEA examine objetivamente la situación de Venezuela y decida la aplicación de la Carta Democrática. Tiembla ante la alternativa de que se ventilen sus descaradas violaciones de los derechos humanos, su represión de los activistas políticos, sus ataques a la libertad de prensa, su empeño en impedir el funcionamiento de la AN y la crisis de comida y medicinas que ha provocado en todos los rincones del país. Sabe que no las tiene todas consigo cuando se analice su conducta escandalosa en el gran foro de los gobiernos americanos. En consecuencia, quiere hacerse pasar por buscador de concordias antes de someterse a un escrutinio tan alto y peliagudo.

De allí que ahora afirme que los líderes de la MUD son los que se niegan a mirar la situación desde posiciones equilibradas. De allí que se asome como buscador de unas paces que ha negado desde su advenimiento y que ahora tampoco quiere llevar a cabo, pero que le sirven para que no lo vean en la OEA como el despiadado verdugo que ha sido desde hace mucho tiempo, pero especialmente desde el advenimiento de Maduro. Tal es el propósito de un régimen colocado en la orilla del precipicio por sus arbitrariedades y sus corruptelas.

Debido a su incompetencia y a las injusticias infinitas que ha cometido, el régimen de Nicolás Maduro experimenta un declive que parece terminal. Para tratar de evitarlo no solo debe sentarse a conversar con sus adversarios, sino también hacer creer que los convoca desde su incomparable bondad. Pero no es cierto que esté buscando la armonía de la sociedad, debido a que ésta no forma parte de sus planes ni de su sensibilidad. Solo se disfraza, solo usa la máscara de turno, solo busca una vez más salir del atolladero, en este caso el más profundo de su lamentable existencia. El diálogo es necesario, por supuesto, pero hay que tomar en cuenta este nuevo truco mediante el cual un verdugo quiere hacernos creer que es el ángel de las buenas intenciones.