• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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¿Qué pasó?

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Esta es la pregunta que continúan haciéndose quienes, desde la oposición, esperaban que las elecciones del 16 de diciembre hubiesen sido más reñidas y confiaban en que sus candidatos, en tanto que dirigentes regionales cuyos liderazgos fueron avalados en las primarias del 12 de febrero, armasen los aparatos indispensables para garantizar una participación que los catapultase a las gobernaciones a las cuales aspiraban e impidieran que el país se tiñese de rojo y verde oliva.

Si se revisan con cuidado los resultados de esos comicios, se podrá constatar que los candidatos de la unidad superan en votación a los del oficialismo en las más importantes ciudades del país. Pero Caracas no es Venezuela, Maracaibo tampoco es el Zulia, ni Valencia es Carabobo ni el Táchira es San Cristóbal, para no citar sino los estados que la oposición ha cedido al oficialismo.

¿Qué pasó, entonces en esos estados que controlaba la oposición? Simplemente que los líderes y estrategas a cargo, con recursos materiales y humanos de respetable cuantía, concentraron su quehacer en las capitales y en alguna que otra población, dejando que las zonas más alejadas del centro de poder fuesen controladas por la maquinaria roja engrasada con recursos públicos.

Se dice que la oposición debe reinventarse o quizás sacudirse de los lastres que la mantienen anclada en un pasado que algunos añoran y otros quieren sepultar, olvidando los primeros que lo que fue no volverá a ser y los segundos que corren el riesgo de repetir errores pretéritos.

También es menester reconocer que la campaña de los dirigentes regionales de la oposición no contó con el respaldo de líderes de envergadura nacional que contribuyesen a cohesionar la propuesta unitaria como una opción global, como parte de un proyecto de país, distinto (y mejor) al antihistórico socialismo que se nos vende como la panacea de los males del capitalismo en el siglo XXI.

Desde el Gobierno central los altos funcionarios se movieron hacia la provincia y desarrollaron una estrategia que combinaba no sólo la oferta de bienes materiales y la esperanza de recibir al fin una vivienda decente, sino que anexaban a su mensaje una carga emotiva rotunda basada en la agudización del estado de salud del Presidente, es decir, conjugaban lo político electoral con el sentimiento cristiano de la compasión.

La campaña opositora no contó con esa figura que pudiera articular, en un todo superior a las partes, los esfuerzos de los diversos candidatos, que pusiese al descubierto las intenciones verdaderas del oficialismo, pues quienes podían asumir ese rol estaban, con razón, tratando de conservar sus bastiones.

Tal es el caso de Henrique Capriles Radonski, que al derrotar a Elías Jaua -cosa que ya había hecho con Diosdado Cabello- revalidó sus credenciales como legítimo aspirante opositor a suceder a Hugo Chávez en la presidencia de la República. Eso fue lo que pasó. Y algo más.