• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El paseíllo de Roy

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De nuevo un comentario sobre la actuación del embajador Roy Chaderton. No es el primero en este espacio, ni será el último, si el delicadísimo diplomático continúa manifestando la conducta escandalosa de la cual hace gala últimamente. Los detalles descubren la esencia de muchas cosas, los pormenores delatan la magnitud de un entendimiento de la vida, de las maneras de respetar a la ciudadanía y de entenderse como servidor público. Por eso volvemos sobre las andanzas de este personaje que se ha empeñado en llamar la atención a través de minucias que lo retratan como la negación de unos principios por los cuales se ha luchado desde hace tiempo en Venezuela.

Un grupo de manifestantes esperaba al embajador frente a la sede de la OEA, después de la sesión en la cual pudo participar, a duras penas, la diputada María Corina Machado. El embajador hizo todo para impedir que la diputada interviniera ante el organismo internacional, o para que hablara en una sesión hermética, como al fin sucedió. Era su trabajo como mandadero del gobierno. Para eso le pagan en dólares.

Los manifestantes lo esperaron para gritarle su indignación. Era de esperarse de un evento tan trajinado y tan capaz de llamar la atención de la gente. Pero lo que no estaba en el programa corrió por cuenta del personaje contra quien se protestaba. El pomposo individuo no perdió la ocasión para lo que consideró como una cúspide de lucimiento que debía aprovechar.

Se dirigió con lentitud a los manifestantes, como una figura del toreo cuando hace el paseíllo antes de enfrentarse a la bestia, con el paso artificioso de los monarcas cuando se dejan ver en la corte ante los súbditos, con los ademanes del poderoso a quien no pueden tocar los dardos del populacho, con al artificio de quien se enfrenta a un enemigo que apenas lo puede señalar con sus palabras sin provocarle un rasguño.

Miró al grupo con desdén, con altivez, con petulancia, para coronar la conducta con estilo papal: levantó las manos para bendecir a los acólitos como hace las blancas santidades desde su balcón inaccesible. Luego hizo la señal de la victoria con los brazos en alto, realizó una ligera inclinación y se marchó con la vanagloria del matador que acaba de realizar la faena de su vida y debe salir en hombros por la puerta grande; como Fernando VII cuando creía que las guerras de las colonias eran una nimiedad; como el papa antes de enterarse del cisma de su Iglesia.

Pero no se enfrentaba a un toro de afilados cuernos que lo podía coger a fondo, ni a los fieles que esperaban el mensaje del santo solio. Tampoco era, aunque lo sintiera en su corazón, un monarca en espera de buenas nuevas. Su adversario era un conjunto de venezolanos, con banderas pero sin piedras, que apenas podían levantar la voz ante la mirada de la policía de Washington.

Una muralla policial pagada por el imperio protegía la majestad de lord Chaderton de los reproches de la gente sencilla, de los ciudadanos comunes que tenían ganas de gritar sus verdades. No podía correr la sangre, ningún riesgo lo acechaba. La guarimba era solo una reminiscencia lejana, los estudiantes aguerridos estaban en San Cristóbal y los perdigones no dañarían la fulgurante puesta en escena. Espléndidas condiciones para que pasara Roy a los anales de la historia dando saltos en una patita.

El episodio no importa por la conjunción de bajeza y prepotencia que puede encerrarse en la conducta de un “monifato”, sino porque descubre cómo, a través de sus figurones, la revolución desprecia al pueblo y es capaz de cualquier tipo de conductas que chocan con los hábitos más elementales del republicanismo. El embajador hizo esta vez el paseíllo a solas, sin la Topo Gigio Rodríguez que suele acompañarle.