• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El papelón de Maduro

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No crea el lector que esta nota editorial versa sobre el tradicional ingrediente que, por estos días navideños, tiene gran demanda entre quienes dulcifican el guiso de las hallacas y los que preparan dulce de lechosa.

No, estas líneas están dedicadas a la infidelidad, el adulterio, y otras modalidades de deslealtad que emergen a propósito del acercamiento entre Castro y Obama, de espaldas a Maduro, a quien ha sido el más consecuente defensor de una relación estable con una pareja poco romántica y muy pragmática.

Las malas lenguas que sobrevivieron a la revolución francesa aseguraban que la vizcondesa de Beauharnais, fogosa martiniqueña de nombre Rosa, cuyo primer marido perdió la cabeza por ella y también en la guillotina, casó con Napoleón Bonaparte por razones de conveniencia ya que no amaba al corso, según confesó en cartas a sus amigos. No es de extrañar que ello condujera al primer divorcio registrado en Francia bajo el código napoleónico.

No es el de Napoleón el único caso de infidelidad conyugal que involucra a celebridades. La historia está llena de ellos: Claudio hizo ejecutar a su mujer bajo fundadas sospechas de causarle tremendos dolores en la frente justamente donde unas astas se insinuaban.

Y no digamos la literatura; libros como Satyricón (Bocaccio), Tartufo (Moliére), Madame Bovary (Flaubert), Guerra y Paz (Tolstoi), El amante de Lady Chatterley (D. H. Lawrence) o la Biblia misma tratan en mayor o menor grado ese licencioso y censurable ayuntamiento que no es, ni de lejos, la única forma de poner cuernos… ni la más dolorosa.

La manida afirmación de que una imagen impacta más que un millar de palabras ha sido hartamente corroborada en las fotos y videos en los cuales Maduro y el liderazgo bolichavista dicen alegrarse por los anuncios de Raúl Castro y Barack Obama, sobre todo por la liberación de los espías cubanos (porque los estadounidenses) que estaba presos en la isla poco o nada les importa), y muestran esa resignada sonrisa que recela cómo por dentro los carcome la rabia, los celos y el malestar.

Rabia, porque mientras Obama avanza en lo que puede hacia un eventual desbloqueo de Cuba y el establecimiento de canales diplomáticos con el régimen de los Castro, valida la nulidad de visas para un grupo de funcionarios públicos señalados de estar incursos en el delito de violación de los derechos humanos; celos, porque Cuba logra un acercamiento con Estados Unidos que el liderazgo rojo ha buscado para su gobierno sin éxito alguno.

Y desde luego malestar porque los cubanos, por elemental cortesía, no les comunicaron por donde iban los tiros. Incluso la ministra Iris Valera quedó como la propia idiota llamando a quemar las visas concedidas por la embajada de Estados Unidos.

Maduro, que en la isla de la discordia había estado horas antes de que se recelaran los acuerdos entre Washington y La Habana, no puede ocultar aún el estupor que le causó el papelón de amante despechado y tal vez canturree “celos, malditos celos, por qué me matan si no hay razón”.