• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El papel como arma

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El mismo régimen que en junio de 1999, en voz de Hugo Chávez, lanzó su primer ataque infamante a los medios de comunicación, apenas unos meses después de haber accedido al poder; el mismo régimen que desde entonces estimuló el ataque físico y verbal a periodistas en todo el país, que se dedicó a satanizar ante la opinión pública la función que cumplen los medios de comunicación, que cerró Radio Caracas Televisión, que ha promovido el uso de jueces y tribunales en contra de la libertad de expresión, que ha puesto en marcha una política de "hegemonía comunicacional" con el objetivo de impedir toda forma pública de disidencia; el mismo régimen que privatizó los medios de comunicación del Estado en beneficio de su objetivo de perpetuarse en el poder, que ha creado leyes que penden como espada sobre las cabezas de los ciudadanos que disienten o que se expresan de forma crítica, que ha presionado a los medios de comunicación para cerrar programas, que ha creado organizaciones con el único objetivo de contribuir al descrédito de los medios de comunicación y los periodistas; ese mismo régimen, enemigo de las libertades, enemigo del diálogo, que cultiva el fanatismo, que todos los días estimula la causa del odio y la intolerancia, que invierte sumas gigantescas en el empeño de dividir a Venezuela, que tiene como su más importante política de comunicación mentir y mentir y mentir y volver a mentir al país sobre todos los temas de interés público; este régimen de talante fascista y goebbeliano, que día a día profiere amenazas a diestra y siniestra, que sin pudor alguno se desvive en inventar conspiraciones, magnicidios y toda clase de planes de desestabilización, sin que hasta la fecha haya mostrado voluntad alguna para solucionar los problemas que agobian la vida cotidiana de las familias de todas las regiones del país sin excepción; ese régimen es el mismo que en las últimas semanas ha escogido negar las divisas necesarias para que los medios de comunicación impresos puedan comprar el papel para alimentar sus rotativas.

Pero el inveterado odio del régimen no se limita a la información: también alcanza a la diversidad, a la heterogeneidad que debe tener el mundo del libro. Tampoco hay en Venezuela papel para imprimir libros de todo tipo, porque también el conocimiento (los conocimientos) y la literatura (las literaturas) forman parte de los odios secretos que el régimen siente hacia todo aquello que no provenga de sus entrañas o que no se corresponda con su estrecha y maltrecha visión del mundo.

Y es aquí donde el lector debe enfrentarse a esta realidad: un régimen es una forma de pensar. Un conjunto de herramientas con las cuales pensar la realidad. Y esto es lo que produce escalofrío: que el paso de Chávez a Maduro ha significado que las ya escasas herramientas mentales del primero se han reducido a dos o tres en el caso del segundo: insultar, prohibir, escamotear. Mientras el país se desangra a causa de la delincuencia; mientras la vida cotidiana se torna en un padecimiento cada día más agobiante a causa de la inflación y el desabastecimiento, el gobierno se repliega en el odio e implanta políticas tortuosas, como esta de convertir el papel, la escasez de papel, el desabastecimiento de papel, en otra de sus herramientas políticas y de opresión a la sociedad.