• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Nuestro papa negro

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De Roma y propiamente de la Santa Sede, en el Vaticano, ha llegado la extraordinaria noticia: el padre Arturo Sosa Abascal ha sido elegido como nuevo prepósito general de la Compañía de Jesús. Es, como lo ha divulgado la prensa y las agencias internacionales de noticias, el primer jesuita no europeo que se convierte en sucesor del célebre Ignacio de Loyola.

Es, por lo tanto, el primer sacerdote latinoamericano que se conocerá en adelante, como es costumbre establecida, como el papa negro. Tiene la misión de dirigir los trabajos de una de las órdenes más influyentes de la cristiandad desde los tiempos de la Contrarreforma.

El padre Arturo Sosa Abascal es caraqueño. Lo fundamental de su formación en los institutos de su orden y en las aulas universitarias sucedió entre nosotros, desde sus inicios infantiles en el Colegio San Ignacio. Graduado de sociólogo de la Universidad Católica Andrés Bello y posteriormente como doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela, fue catedrático en las dos casas de estudios y ha publicado numerosas obras sobre la realidad venezolana. Culminó su actividad en la docencia superior como rector de la UCAT, en San Cristóbal, trabajo después del cual fue llamado a Roma por los superiores.

Sus trabajos mayores se han dedicado al análisis de los movimientos políticos del siglo XX venezolano, de los hombres que los pensaron y los construyeron. Si se agrega a estas faenas sus funciones de dirección y redacción de la Revista SIC, órgano de los jesuitas de la provincia ocupado con asiduidad de los problemas de nuestra sociedad contemporánea, estamos ante un desvelo orientado esencialmente al estudio de los asuntos nacionales.

De allí la trascendencia de su designación para el país y para todos los venezolanos que tantos menoscabos padece en la actualidad. El padre Arturo Sosa Abascal es criatura genuina de la vida que hemos vivido aquí en el siglo XX y en el comienzo del siglo XXI. Es hombre de libros, de lecturas y escritos hechos en casa. Es el testimonio de cómo pudimos, él y muchos hombres de su generación, junto con sus maestros, hacer una labor significativa que estaba llamada no solo a dejar huella dentro de confines particulares, sino a traspasar las barreras comarcales hasta llegar a la meta digna de atención y de admiración que ahora ha logrado.

El hecho de que el nuevo papa negro sea hechura nacional es una señal elocuente de lo que podemos hacer como sociedad. Nuestra cultura democrática le dio las herramientas necesarias para que, gracias a su talento y a su esfuerzo, lo hayan puesto a la cabeza de una institución primordial de la historia universal.

Nos regocijamos por la cúspide a la que llega el padre Arturo Sosa Abascal, no solo porque se reconoce y distingue una carrera y una vida colmadas de cualidades individuales, sino también porque es una muestra de lo que hemos hecho en conjunto los venezolanos para no quedarnos en los rincones de la mediocridad, y de lo que podemos hacer en adelante si se reconquista la libertad y la democracia.