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EDITORIAL

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El papa y el dolor

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El vuelo de un helicóptero que cruzaba el cielo de Roma no hubiera turbado la tranquilidad de nadie en otros tiempos. Pero la nave transportaba a Benedicto XVI que viajaba a la residencia de verano en Castel Gandolfo donde se sometería a un retiro espiritual. Sabía que su renuncia como papa había provocado una profunda tristeza y que su alejamiento repentino podía provocar consecuencias impredecibles en el seno del Vaticano.

Solo con el surgimiento del humo blanco como símbolo de que “habemus papam” y la aparición de Francisco desde el balcón pontificio, la Iglesia y sus millones de feligreses retomaron la tranquilidad de alma ante la ausencia del predecesor, quien sabiamente declinó a su alta investidura por encontrarse fatigado y sin fuerzas para seguir rigiendo los destinos de la Iglesia Católica.

Jorge Mario Bergoglio, jesuita y pontífice 266 de la Iglesia Católica tiene ante sí un reto sin precedentes. Es ahora el sumo prelado, designación que ya en una oportunidad anterior estuvo a punto de alcanzar cuando fue el segundo más votado en el cónclave de cardenales que eligió a su antecesor Benedicto XVI.

No hay duda de que su elección es la respuesta a la necesaria e inevitable renovación de la Iglesia. El papa Francisco tiene los atributos que se demandan en estos tiempos de evolución. Es un personaje humilde, austero, con una gran experiencia pastoral y con un gran olfato político.

Tiene ante sí el reto de enfrentar las grandes controversias que aturden a la Iglesia. Una de las principales, es la reducción en las vocaciones sacerdotales y la crisis de fieles, especialmente en los países desarrollados en donde la migración de católicos a nuevos cultos crece cada día.

Los escándalos de pederastia, problemas financieros y el tema del matrimonio de los sacerdotes seguirán marcando la agenda oculta y situando a Roma en apuros. Los cambios acelerados del mundo moderno y las dudas que a diario se manifiestan hacen cada más difícil para la Iglesia no tener respuestas transparentes a unos dogmas difíciles de entender.

El nuevo Papa, primer latinoamericano y un reconocimiento a la región del mundo que más católicos tiene (Brasil, Argentina, Perú, México y Colombia), difícilmente podrá mantener el status quo y no dar señales, aunque mínimas, que conforten a los movimientos que aspiran a la flexibilidad, mientras frena a los más conservadores que rigen la burocracia de la curia romana.

Su conocida bondad y humildad como buen hijo jesuita, su lucha contra la corrupción y los abusos del poder lo marcarán en su tiempo. Es recordado el mensaje claro y preciso, como arzobispo de Buenos Aires que le envió a la pareja Kirchner cuando en una homilía habló de la necesidad de más diálogo político, criticó la intolerancia, el exhibicionismo y los anuncios estridentes de los gobernantes. El nuevo Papa no administrará la prudencia cuando se trate de criticar el abuso del poder.