• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El papa Francisco

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Después de la circulación de su primera exhortación apostólica, Evangelii gaudum, el papa Francisco ha recibido numerosas críticas, algunas de ellas feroces y despiadadas. La gran mayoría de los reproches provienen de los analistas y los feligreses ultra conservadores de Estados Unidos, quienes consideran al pontífice como una inesperada y artera “quinta columna” al servicio, nada menos, que del materialismo dialéctico.

El papa Francisco no ha tardado mucho tiempo en aclarar rotundamente el punto antes de que, como ocurre a menudo en este mundo tecnológicamente avasallante, se multipliquen sin cesar las observaciones tendenciosas. Su respuesta contiene palabras de sumo interés sobre las relaciones de la Iglesia católica con la actividad política y de la necesidad de deslindar claramente sus esferas de acción e influencia.

Lo escrito en la exhortación apostólica proviene del Evangelio y de la más pura ortodoxia, puesta piadosamente al servicio de la solución de los grandes problemas de la humanidad, aclaró Francisco. No soy marxista, recalcó, “porque el marxismo es una doctrina equivocada”. Hay marxistas bien intencionados, pero parten de un pensamiento que no congenia con la pacífica misión del catolicismo. El marxismo es una doctrina que se mantiene sobre una serie de propuestas chocantes con las palabras de convivencia y tolerancia que forman la esencia del Nuevo Testamento.

Tales fueron las palabras del papa Francisco dirigidas a quienes lo ven o quisieran verlo equivocadamente como si fuera un nuevo Carlos Marx de sotana blanca, así como también para los supuestos revolucionarios que quieren arrimar la sardina de su mensaje violento hacia la brasa de la regeneración de los pobres.

Francisco aprovechó la aclaratoria para detenerse en un asunto de especial trascendencia, que había tocado en declaraciones anteriores: las relaciones de la Iglesia con las autoridades establecidas en la esfera laica. Fue categórico ahora: los negocios y los compromisos de la Iglesia con el poder político son perjudiciales, debido a que pueden terminar “pudriendo a la Iglesia”. Los vínculos de la institución eclesiástica con las instituciones civiles pueden terminar en corrupción, un resultado fácil de comprobar a través de la historia y de obligatoria terminación en adelante.

Así como se llega a la justicia a través de una fe fundamentada en el Evangelio, sin que el encuentro de la equidad y la justicia dependa una “ideología equivocada”, la mezcla de lo sagrado con lo profano trae problemas indeseables.

Tal es la postura clara y rotunda del papa Francisco sobre los grandes temas de acuciante actualidad en el mundo, que incumben a los curas tentados por el demonio de los beneficios de su intimidad con las influencias terrenales y a quienes aseguran que el destino de las sociedades depende de la repetición de una cartilla proclive a la violencia y a la destrucción.