• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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450 panelas

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Ante el caso del mayor de la GNB detenido en una alcabala con 450 panelas de cocaína, transportadas en un vehículo militar, el ministro de la Defensa no tardó en ofrecer unas rápidas declaraciones. La opinión pública esperaba con interés sus palabras, debido a que estaba ante un caso escandaloso de narcotráfico que le da sostén a los infinitos rumores que han circulado sobre la connivencia de elementos castrenses en el oscuro negocio de los estupefacientes. Habló, por lo tanto, pero el silencio le hubiera quedado mejor.

El ministro se dedicó a hablar del honor militar, y de cómo no deben vestirse de uniforme los delincuentes que hacen negocios turbios ni los aprovechadores de las insignias y los símbolos de la institución armada. Justo cuando el pájaro de cuenta agarrado en su vuelo con las manos en la masa era una evidencia de deshonor, una encarnación de la falta de virtudes que ahora se advierte sin posibilidad de simulaciones, la cabeza de la tropa nombra la soga en la casa del ahorcado. Justo cuando las manchas no solo salpican el uniforme, sino que lo enlodan de arriba a abajo, el superior recurre a la mención de una refulgente tintorería en la que se deben lustrar los marciales arreos.

Pero después se puso a discriminar. Uno solo de los miembros de la banda era militar. Los otros, seis o siete, eran civiles, se atrevió a decir. ¿Hacía falta ese tipo de distinciones? ¿Acaso buscaba lavar la cara de la institución con una referencia a los delincuentes que acompañaban al jefe de la pandilla, a los deplorables sujetos que formaban parte de la operación? ¿No tejió sobre la marcha un añadido innecesario, con el propósito de marear a la perdiz? Con semejante tipo de observaciones, el ministro le sacaba el cuerpo a la jeringa. Como no quiso agarrar al toro por los cuernos, le dio una inesperada manoletina. El público esperaba otra faena, pero se quedó en el palco con las ganas de aplaudir al lidiador.

El ministro estaba en un verdadero aprieto, la verdad sea dicha. El mayor detenido con las panelas ha tenido una curiosa peripecia de ascensos que no parece ajustada a las normas del caso. El hecho de pasar en un santiamén, según se ha afirmado en la prensa, de sargento enfermero a oficial con estrellas, no es fácil de explicar. Tampoco la relación del detenido con figuras políticas de relevancia en el régimen actual. Asentado en Barinas, cuna de la revolución, y asistente cercano del padre del ex presidente Chávez, antiguo mandatario en ese estado, ahora aparece con 450 panelas de cocaína ocultas en el piso simulado de un transporte de las fuerzas armadas. Ciertamente no le tocó fácil al ministro en la hora de las primeras explicaciones, y no dejamos aquí de reconocerlo.

Pero hasta ahora no ha hecho el trabajo esperado, ciudadano ministro. Faltan muchas aclaratorias y, sobre todo, una investigación capaz de satisfacer la curiosidad y la indignación de la ciudadanía. Ya compramos entrada en barrera de sombra para esperar lo que viene. Si de honor se trata, como usted mismo dijo, está en juego el suyo personal.