• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El país político

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¿Cómo andan las cosas en la oposición? ¿Está a la altura de las urgencias del país? Son preguntas que circulan a diario, pero que se hacen en conversaciones privadas sin que ocupen las páginas de los medios. No sólo porque a veces las informaciones sobre las vicisitudes de la MUD parecen exageradas, sino porque simplemente cualquier crítica se considera como una conjura contra los esfuerzos desinteresados de quienes se han echado sobre los hombros la tarea de librarnos del mal gobierno. No se puede levantar la voz contra esos prohombres a quienes se adjudica de antemano una conducta intachable, se dice con frecuencia, para evitar la proliferación de reproches.

Pero así como la prensa independiente se ocupa de criticar al Gobierno, también tiene la obligación de detenerse en los defectos de quienes viven en la otra orilla. De allí la necesidad de llamar la atención sobre ciertas conductas que vienen estorbando un camino que, desde la perspectiva de los escollos que debe desafiar, requiere decisiones capaces de establecer posiciones prometedoras ante el ventajismo del régimen. Algunas de ellas se comentarán a continuación.

La persecución irrefrenable de un cargo, aun en el municipio más modesto, en primer lugar. Cualquiera tiene el derecho de buscar su puesto bajo el cielo de la política venezolana, pero de allí a matarse por un cargo de alcalde o por una silla de concejal hay mucho trecho: el que distingue la preocupación por los problemas de la república de las apetencias individuales. El tramo que los requerimientos personales convierten en angosto sendero que no conduce a nada. Cuando se desarrolla un combate por los cargos más nimios sin considerar siquiera las necesidades de las regiones alrededor de las cuales se arrojan las flechas, se apuesta por el deterioro de las funciones públicas que usualmente se atribuye al oficialismo con carácter de exclusividad.

La proclamación de las virtudes indiscutibles de la juventud, en segundo lugar. En las filas de la oposición se pregona la necesidad, o casi la obligación, de presentar caras nuevas y, por consiguiente, de descartar a los líderes cuyo defecto radica en el hecho de tener arrugas en la piel. Como si la experiencia no importara o como si para hacer bien el trabajo sólo se necesitara una partida de nacimiento firmada ayer. Ni tan calvos ni con dos pelucas, amigos de la oposición, especialmente si tal énfasis no sólo origina trifulcas sino también el desconocimiento de acuerdos tomados con anticipación por los partidos políticos.

Se sabe de varios debates en los cónclaves de la MUD, motivados por apetitos y argumentos como los descritos. Hay otros de la misma especie que no se comentan por falta de espacio, pero con los mencionados basta para clamar por la necesidad de una rectificación. Simplemente, porque la historia no termina en diciembre.