• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Por orden de Maduro

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Ese es el pedimento más reciente de Maduro: que las universidades no hablen, que esperen con paciencia las atenciones de un gobierno que se ha tardado tres lustros en atenderlas, que dejen las decisiones a unas mesas de trabajo herméticas y lentas que algún día dirán la última palabra partiendo de lo que el Gobierno les imponga entre cuatro paredes apenas visitadas por contados actores.

Está bien que dependa de unas comisiones el destino de un problema esencial para la sociedad, pues las asambleas no son buenas para el tratamiento de entuertos que merecen la mayor atención, que requieren un análisis que no deje escapar lo fundamental del conflicto, pero de allí a aconsejar el silencio de los claustros hay demasiado trecho.

Las universidades son exactamente lo contrario: lugares de discusión, centros de polémica, casas de un debate al cual se deben y del que depende su permanencia. Las universidades mudas no existen, a menos que los totalitarismos las obliguen a la mudez. Las universidades están acostumbradas a hablar porque tienen mucho qué decir. Las universidades buscan la verdad sin trabas, porque de esa búsqueda depende su vida y el servicio que le deben a la sociedad. Son enemigas del silencio, de la rodilla en tierra, de disimular frente a los desafíos habituales de los gobiernos, de la complacencia ante los poderosos. ¿Cómo se les puede pedir, entonces, que se encierren a esperar, sin pronunciar palabra, una decisión que les incumbe para seguir haciendo su trabajo?

En especial cuando las universidades han dado la cara por el país, pero también por sus propias necesidades, desde los tiempos de la Independencia. No se arredraron ante las tropelías de los realistas, ni ante un megalómano como Guzmán Blanco, ni ante los chácharos del gomecismo, ni ante las bayonetas de Pérez Jiménez. A partir de 1958 han estado presentes ante los problemas del pueblo, con manifestaciones de dinamismo que enorgullecieron a la sociedad en su momento.

No pueden hacer otra cosa ahora, no sólo porque están acostumbradas a hacerlo, porque esa es su obligación, sino también porque sufren la condena de la subestimación por un gobierno que lleva quince años ignorándolas, despreciándolas, casi como deseando que no existan.

Pero existen, para bien de la sociedad. Con presupuestos mutilados, con los institutos de investigación en la indigencia, con mínimas dotaciones para sus bibliotecas, con sueldos y becas de hambre para sus profesores y para los estudiantes más necesitados. Si no hablan frente a esa postración, frente a esa humillación ¿cuándo van a hablar?, ¿cuando lo permita Maduro?, ¿cuando quiera un ministro que conoce las interioridades del problema y se muestra indiferente? El silencio va contra la naturaleza de las universidades, contra la esencia de los claustros, detalle que en su ceguera no ha captado cabalmente el Gobierno.