• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Las olimpíadas del cadivismo

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Como Chávez fue el inventor del cadivismo, parece que el gobierno promoverá unos juegos olímpicos para celebrar el nacimiento, el crecimiento y la multiplicación de la criatura. Una fuerza tan potente, de acuerdo con las palabras de Maduro, un motor capaz de llevar hacia la estratosfera el cohete caliente de la corrupción para que la nación y la humanidad lo contemplen en imponente crucero; un monstruo capaz de animar a los ciudadanos para que se conviertan en delincuentes, a los políticos para que se hagan millonarios en un santiamén y a la gente común para que trasformen a los burócratas en truhanes, lo menos que merece es una festividad de naturaleza deportiva, con podios y medallas en homenaje al numen fundador.

Porque, cuando habló de cadivismo, Maduro olvidó mencionar a su creador. Imperdonable omisión, pero también insólita, debido a que no pierde la oportunidad de encender velas y murmurar jaculatorias en el altar del Gigante. Es tiempo, por lo tanto, de remediar el descarrío antes de que la heterodoxia se apodere del templo. Es tiempo de que se enmiende el error porque, sin hablar de los herejes propiamente dichos, cuando se estrena un culto no faltan los descreídos y los legos que no se han iniciado cabalmente en los misterios de la fe y la pueden convertir en un aquelarre.

Como se trata del deporte nacional presentado de manera informal por la cabeza del Ejecutivo, viene al pelo la nominación de la ministra del ramo para que se encargue del olímpico encargo. Ella no sólo sabe de competencias a escala internacional, en las que ha obtenido merecidos galardones por sus destrezas de espadachín, o de espadachina, como se debe decir según los dictados del vocabulario bolivariano; sino también de la lidia con los exploradores de divisas que han hecho de las suyas en la pista expedita y acogedora de su despacho. En esa pista, unos raudos choferes se ganaron sesenta millones de medallas de oro, de oro verde como el de los billetes verdes, en medio de la perplejidad de un puñado de entrenadores y colegas que se paralizaron ante la celeridad del logro.

No sólo Chávez se merece el homenaje, sino también esos manejadores de vehículos de gran velocidad que encontraron una provisión rápida para su gasolina en las oficinas de la ministra. Merecen un laurel, en lugar del silencio. Se les debe una entrada triunfal en el coliseo, porque hasta ahora no aparecen en el registro de récords ni en la entrega de los diplomas que la proeza merece. Mientras enciende el pebetero para celebrar las ejecutorias del creador del flamante deporte del cadivismo, la ministra Benítez puede aprovechar el estelar momento para descubrir la identidad de los choferes raudos y eficaces ante cuyas victorias queda reducida a la nada la figura de Pastor Maldonado.
“En materia económica hemos fallado con el cadivismo”, dijo hace poco el diputado Freddy Bernal. Tranquilo, diputado, la situación tiene arreglo: mire hacia la figura campeonil de la ministra y deje la impaciencia. Hasta puede usted ayudar en los entrenamientos. El cadivismo y su creador pueden lograr reconocimiento unánime en una olimpíada.