• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El odio al diálogo

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El caso de Iván Simonovis ha cruzado un nuevo umbral: la negativa de Nicolás Maduro de indultarle, a pesar de que varios voceros del régimen habían declarado previamente a favor de esa hipótesis, es uno de los episodios más reveladores del estado de las cosas en el alto gobierno.

Iván Simonovis es mucho más que una destacada víctima de un sistema judicial estructuralmente injusto: su figura ha adquirido proporciones simbólicas, dentro y fuera de Venezuela. Su admirable persistencia y también la de Bony Pertiñez, su esposa; de sus familiares y amigos, así como de las cientos de miles de personas –quizás millones– que lo han asumido como su causa, lo han convertido en el ciudadano emblema de la resistencia al régimen, aun en medio de las más crueles adversidades.

Poco a poco, en un proceso que ya luce irreversible, Simonovis ha ido penetrando en la conciencia de venezolanos de todas las regiones y estratos sociales. Es por ello, y no porque a los jerarcas del régimen les importe el estado de la salud del detenido, que algunos se han planteado la necesidad de liberarlo. Y es frente a una tendencia, que se cuela ya hasta entre los simpatizantes del gobierno, que se ha producido una feroz reacción de los radicales del régimen, cuya expresión más obvia son las erráticas afirmaciones recientes de Maduro sobre el caso.

Para lograr su objetivo, los radicales informaron mal a Maduro. De forma deliberada dijeron que había sido condenado por delitos de lesa humanidad, lo cual es absolutamente falso. Lo engañaron y lo pusieron a repetir la falsedad ante las cámaras de televisión. Este hecho no debe pasar inadvertido: hace patente que hay sectores dentro del gobierno, feroces y peligrosos radicales que, además de oponerse a toda forma de diálogo, todavía tienen la fuerza política necesaria para imponer su agenda.

No es solo la vida de Simonovis lo que está bajo la amenaza de los que odian el diálogo. Corren también peligro los necesarios acuerdos para avanzar en la solución de los grandes problemas del país; se tambalean los propósitos anunciados en la reunión que los alcaldes y gobernadores democráticos sostuvieron en Miraflores con Maduro; se socava la convivencia todavía más, como resultado de la reaparición de la más nefasta práctica, propia de regímenes totalitarios: la elaboración de listas, cuya más reciente edición se propone penalizar la posibilidad de que dirigentes democráticos y empresarios hagan viajes de vacaciones. Lo irrisorio y palurdo del argumento no debe minimizar su significado: es la proyección del profundo resentimiento, del odio insuperable que persiste en la lógica del poder chavista y madurista.

Y es aquí donde el caso Simonovis se torna relevante: al odio social, a la amargura irremediable que es el signo profundo del resentimiento, no se le afronta solo en el terreno político. También y sobre todo en la realidad de todos los días, en la conversación cotidiana, en la participación, más allá de las diferencias, en las iniciativas para la solución de los problemas. Porque lo que nadie puede desconocer es esto: el resentimiento se vive como fatalidad: se aísla, se queda consigo mismo rumiando su fealdad en el espejo.