• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Entre el odio y la ceguera

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En su afán de ignorar la realidad, no la vieron. Se negaron con obstinación a hacer una pausa para verla como era y como es de veras. Ni siquiera miraron hacia el interior de su partido. No se detuvieron a observar que la destrucción que sembraban no solo podía acabar con la sociedad a la cual se debían como políticos, sino especialmente a lo que podían considerar como la  joya de su corona: el PSUV.

La sociedad supo resistir, como se desprende de los resultados de laselecciones parlamentarias. Los ojos de la sociedad captaron todos los detalles y tomaron la decisión de dar un aviso rotundo a quienes la habíandesairado y despreciado. Los echó del Parlamento, y los seguirá arrinconando si no son capaces de realizar la prudente visita al oftalmólogo a la cual los obliga una derrota sin paliativos, los traumatismos del golpe más enfático que han recibido desde cuando debutaron en la escena política.

¿Acudirán a la consulta? ¿Se someterán a la prescripción de un oftalmólogo llamado Venezuela? Las palabras del señor Maduro, después de que el CNE les diera el primer aviso, dicen lo contrario. Se sintieron entonces, en la intervención del jefe del Estado rodeado por sus compañeros del alto gobierno, el  decaimiento y el dolor de las costillas apaleadas por la multitud, pero los vocablos continuaron aferrados al lenguaje del odio, erróneo y superficial, que los ha colocado al borde del abismo.


La ceguera voluntaria solo le permitió a él y a quienes lo acompañaban observar la guerra económica, la burguesía apátrida y, por si fuera
poco, la existencia de un pueblo engañado que se equivocó de camino. Persiste la falta de visión sobre los problemas fundamentales del país, pero
también la imposibilidad de sentir que el principio de su agonía también ha conducido a la destrucción del partido político que fundaron. ¿Qué ha sido
del poderoso PSUV de los tiempos de Chávez, de esa gran maquinaria que se impuso sobre la sociedad y los condujo a una hegemonía que parecía irrebatible? Es ahora un escombro en tránsito raudo desde Miraflores hacia el cementerio. Ni siquiera eso vieron Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez y
otros que los han seguido en su carrera suicida. Por el empeño en negarse a observar las señales de todos los días, fueron incapaces de descubrir las
goteras de la casa, la escapada de sus habitantes otrora numerosos, los muros desechos poco a poco de lo que fue un castillo que parecía
inexpugnable. Pareciera asunto que solo incumbe a los manejadores del edificio que se viene abajo, pero es evidente su relación con las
circunstancias que en adelante experimentaremos todos. 

De allí la trascendencia de un desastre que nadie ha descubierto en la cúpula del oficialismo, o se ha atrevido a desvelar. ¿Por qué? Es difícil asumir  responsabilidades en el hundimiento del hogar que les fue hospitalario, especialmente cuando la ceguera los llevó a desenterrar al comandante eterno para, ¡ay! llevarlo hoy otra vez al mausoleo pero derrotado.