• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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El obispo y la reconciliación

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El presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, monseñor Diego Padrón, convoca a la reconciliación. Estaríamos ante una rutina episcopal, ante un llamado habitual del pastor a sus ovejas, si no planteara, como planteó, los inconvenientes para llegar a la anhelada meta.

La reconciliación de los venezolanos no es un asunto que se encuentra a la vuelta de la esquina, advirtió el obispo. Son demasiadas las ofensas, las transgresiones, la lista de los delitos y los vejámenes, para que las heridas cicatricen como por arte de magia. No solo hace falta una decisión en relación con los elementos que han conducido a enfrentamientos y a una profunda disgregación de la sociedad, sino también una férrea voluntad de mirar hacia el futuro entendiendo que las cosas no se pueden remendar con facilidad. Estamos ante una visión realista de la circunstancia venezolana, analizada por un ciudadano que se aleja de la metafísica para poner los pies en la tierra.

Pero también para ponernos ante lo que parece una imposibilidad, pese al deseo de fraternidad que alimenta el mensaje. Después de la afirmación general que se ha comentado, monseñor Padrón se detiene en un hecho que parece irrebatible: el gobierno no quiere la reconciliación porque su interés principal es aferrarse al poder a toda costa. El gobierno, agregó el obispo, ha encontrado en la radicalización de los problemas y en la división de la sociedad el camino más accesible para mantenerse en la cúpula.

El obispo señaló un hecho concreto para respaldar sus afirmaciones: la renovación de los poderes públicos que se lleva a cabo en nuestros días. ¿Hay tal renovación? He aquí la respuesta del presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana: “Si son las mismas caras, lo que habrá es una gran decepción; el mismo círculo vicioso, que solo contribuirá a que haya más desaliento, que hará pensar que no puede haber ningún cambio”. Mejor ejemplo no pudo encontrar, para advertirnos sobre las dificultades de la reconciliación.

También habló sobre el papel que tendrá la Iglesia en lo adelante, es decir, en la manera de procurar la reconciliación por la que aboga: “La Iglesia acompañará al pueblo y será una voz crítica”, afirmó sin vacilar. La reafirmación de semejante compromiso da cuenta del tamaño del desafío que tiene por delante la sociedad, pero también remite a la seguridad de que contará con el respaldo de la jerarquía eclesiástica y de la mayoría del clero en el logro de la concordia que merece y anhela.

Son importantes las palabras del presidente de la Conferencias Episcopal Venezolana, debido a que no se escudan en metáforas ni en versiones indulgentes para alertar a sus fieles acerca de las dificultades que les esperan, y también sobre cómo el gobierno no hará nada para abrir un camino de esperanzas y concordias. Pero no sugiere el obispo que nos confesemos para morir en paz, sino que, al contrario, busquemos la manera de salir juntos del atolladero. Eso fue lo más estimulante de sus palabras.