• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Le neo lengua de Capriles

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Desde la apoteosis de vulgaridad protagonizada por el diputado Pedro Carreño en la Asamblea Nacional, se dispararon las alarmas de los especialistas del idioma y de los ciudadanos más preocupados por los negocios públicos. No estamos frente a expresiones de pacatería o ante tontos sonrojos provocados por el ruido de una palabra malsonante, no en balde por legítimas razones habitan esas palabras en el seno del habla general y en las páginas de los diccionarios, sino ante su predominio cada vez mayor en las maneras de expresarse quienes tienen la obligación de velar por el bien común y de explicarse ante sus electores sobre cómo marcha el encargo que se les hizo, el encargo de la república.
De allí que recientemente hayan llevado a la preocupación ciertos vocablos de la misma especie que, de manera sorpresiva, han aparecido en las intervenciones y en las arengas del gobernador Henrique Capriles, ex candidato presidencial y líder de la oposición.

En general, esa neo lengua caracterizada por la procacidad se ha mostrado como exclusividad de la dirigencia roja rojita. Es esa dirigencia la que habitualmente habla a la ciudadanía como si quisiera comunicarse con los clientes del más sucio de los prostíbulos, o del más escandaloso de los botiquines. Es esa dirigencia la que ha hecho gala de un discurso empobrecido que, a falta de herramientas adecuadas para la comunicación de ideas, las cambia por expresiones y giros que no deben formar parte del discurso público bajo ningún respecto.

El discurso público poblado por tales expresiones y giros se debilita hasta el punto de ser apenas una paja en el viento, se distancia progresivamente de la comunicación propia de republicanos y llega a desaparecer. Deja de ser un cuerpo argumental, en suma, para convertirse en una busaca de porquerías. Y si suena como hacha asoladora en la tribuna de la Asamblea Nacional, o en otros lugares que remiten a la trascendencia y a la majestad de los poderes públicos, el daño es mayor. Cualquiera, debido a la influencia de la costumbre, terminará por confundirlos con los prostíbulos y con los botiquines aludidos en los que la gente pierde la capacidad de hablar aunque pueda jurar que está hablando.

El gobernador Capriles no forma parte de ese elenco de “comunicadores”, por supuesto, pero hace poco los imitó mediante la utilización de vocablos que hasta ahora no formaban parte de su manera de hablar frente a los venezolanos. No se refiere ahora su caso debido a que se haya convertido en un buscapleitos sin argumentos que apela a las “malas palabras” porque no tiene otras herramientas para hacerse presente en la política, sino porque es un síntoma demostrativo de cómo puede extenderse en las esferas de la dirigencia una neo lengua perversa y perniciosa como la que ha exhibido el diputado Carreño en el seno de la representación nacional; de cómo puede desaparecer el discurso político propiamente dicho mientras los venezolanos, después de oír lo que oímos en lugar inadecuado, nos habituemos a hablar y a que nos hablen como clientes de un burdel.