• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Contra el narcoterrorismo

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El panorama electoral con miras a la próxima cita comicial del 6-D ha terminado por definirse entre dos escogencias fundamentales. La primera de ellas está más clara que el agua tanto para los militantes oficialistas como para los votantes de la oposición: es absolutamente necesario salvar a Venezuela de la corrupción y el narcotráfico.

La segunda escogencia estaría definida, a no dudarlo, por el intento siniestro de continuar debilitando las bases morales, políticas, culturales y económicas del país para consolidar una hegemonía gangsteril que nos ha llevado al borde del abismo y al derrumbe general de nuestros sueños y esperanzas.

Esta segunda vía ya no le interesa al pueblo venezolano, consciente como es de que los actuales gobernantes han abandonado desde hace bastante tiempo el proceso que decía representar Hugo Chávez en su papel de redentor histórico y social.

Hoy, muy al contrario de lo que significa ser revolucionarios y transformadores de la sociedad, los integrantes de la cúpula civil y militar han asumido públicamente, sin vergüenza alguna y con un descaro propio de un estafador de medio pelo, que lo único que les importa es mantenerse en el poder y seguir utilizándolo como un botín de guerra, apropiándose de todo  cuanto puedan hincarle el diente y sumar más riquezas a sus ya abultados bolsillos.

A contramano de la historia, esta es la única revolución que ataca la pobreza haciendo sufrir a los pobres, quitándoles el pan de la boca, privándolos de atención a la salud, del suministro de medicinas para niños y ancianos, abandonándolos a su desgraciada suerte como si vivieran en el país más pobre de África y no en uno de los territorios más ventajosamente ricos de Suramérica.

Mientras acumulaban poder y dinero no tuvieron tiempo para ocuparse de su propio país, de las escuelas y universidades, de las carreteras y los hospitales, de los puertos y los aeropuertos, de las policías y los bomberos, de la Siderúrgica y Pdvsa, de los agricultores y los ganaderos, de los trabajadores del campo y los pescadores, de los militares de baja graduación y los trabajadores formales. Y ya no pare usted jamás de contar.

Son infinitas las humillaciones a la condición humana de los hombres sencillos y honestos, son igualmente incontables los atropellos a las mujeres y las tropelías cometidas por uniformados que, entre otras cosas, jamás llegarán a ser dignos soldados de la patria. Han sido degradados por jefes que perdieron el derecho al respeto y a la obediencia.

Hemos llegado a un punto en el que leer la prensa independiente y crítica solo genera lágrimas de rabia, múltiples sensaciones extrañas de engaño y cinismo, ráfagas de incertidumbre y de odio. ¿Cómo pudieron engañar y prometer, mentir y acuchillar la vida, ahorcar el futuro y dejarlo a merced de estas aves rapaces?

Qué amargura leer que dos familiares de la pareja presidencial van a ser juzgados en una corte de Nueva York por supuesto tráfico de drogas. ¿Están ganando los narcos? Sí, sin duda.