• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Los narcosobrinos

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Puede que, en un momento determinado, un gobernante logre diseminar tanto terror a su alrededor y su poder personal sea tal que alcance a levantar inmensos muros de miedo, de tanto grosor y altura que los ciudadanos no puedan huir al exterior, alejarse en búsqueda de la libertad y reconstruir sus vidas. La única alternativa posible es la fuga hacia el interior de sí mismo, es decir, hacia el silencio y el secreto de nuestros pensamientos.

No es difícil traer a la memoria los casos de la Unión Soviética, de la China Popular, de Corea del Norte, de la Cuba de Fidel Castro o de la dictadura del general Pinochet en Chile, para darse cuenta de que el silencio y el miedo son consustanciales e indispensables para quien desea perpetuarse en el poder. Los medios de comunicación, la cultura en sus diversas y renovadoras corrientes del pensamiento crítico, al igual que las organizaciones ciudadanas que en sus actuaciones públicas disienten de los intereses del poder son perseguidos y acallados sistemáticamente.

Para que surjan estas sociedades del miedo se hace necesario que al frente de ellas estén líderes carismáticos, crueles y destructores de todo aquello que lo haya antecedido con éxito. Pueden ser oradores imparables o astutos y silenciosos personajes a los cuales su entorno debe adivinarles el pensamiento y pobre de aquel que los malinterpreten.

Con la llegada del populismo del siglo XXI las cosas han cambiado y los nuevos líderes se escudan siempre detrás de una figura que ha pasado a mejor vida, a la cual, por cierto, le asignan las cualidades que ellos quisieran tener hoy pero de las que carecen, como bien puede observarse a primera vista.

Desde luego que esto es fatal para quienes, habiendo llegado al poder por casualidades del destino, no dan la talla ni la darán jamás. La conciencia de su propia mediocridad los hunde en el pantano de la miseria moral, en la oscuridad de la carencia de escrúpulos y en el pandillaje familiar como forma de protegerse del derrumbe total que les tiene reservado el destino y la historia.

Por ello no le temen al tiempo presente que es, obviamente, lo escaso que tienen a su alcance. Sus sueños son cojitrancos, se reducen a tomar lo que está al alcance de la rapidez de su mano, de la misma manera que el ratero vive para ese momento feliz en que arrebata una cartera y huye.

Es claro que si quien gobierna un país tiene esas características personales y posee esa torcida escala de valores, no puede conducir jamás a una sociedad hacia su redención sino al derrumbe moral y ético, al imperio infinito del delito y hacia la corrupción no solo de su círculo de colaboradores, sino de sus propios familiares.

Hoy lo estamos viviendo en medio de la gran lástima del tiempo perdido, de la Venezuela decapitada por el tortuoso camino del hampa organizada, de la honestidad y el orgullo nacional sacrificados en el altar de militares y burócratas ambiciosos e ineptos, grandes mercaderes y negociantes que bien estarían si los nombraran administradores de la Cueva de Alí Babá.