• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

Al instante

Todo a mil

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Para comerse una arepa hay que bajarse de la mula con 350 bolívares de los de ahora, que ya no se atreven a llamar fuetes porque su debilidad está a la vista de todos; 35.000 machacantes de los anteriores a la alegre e improvisada reconversión que, pese a las advertencias de técnicos y especialistas en el tema monetario, el comandante “no me olvides” se empeñó en instaurar sin importarle los vientos inflacionarios y las mareas especulativas que tal decisión acarreaba.

Hoy, 7 años después de aquella malhadada iniciativa, el bolívar fuerte representa sólo 0,12 céntimos de su valor inicial. Un fracaso mayor es inimaginable, y si lo sacamos a colación no es porque la arepa se haya convertido en artículo de lujo, sino porque su precio, abusivo o justo, es una minucia respecto a los niveles alcanzados por productos de primera necesidad que, dada la escasez crónica inherente a la improductividad generada por la administración roja, los comerciantes han debido importar con un dólar de estratosférico valor; y, por supuesto, expender a precios impúdicos que ruborizan al consumidor.

Lo que aquí se afirma parte de un titular que, en este mismo periódico, con contundencia de editorial, zapatazo y mancheta juntos, anunciaba la ruptura de la barrera de los mil bolívares por parte de productos que, para el gobierno, la gente no tiene por qué consumir: aceite de oliva, café instantáneo, cereales en hojuelas, mostaza, tomates enlatados, carnes de primera, pescados y no digamos ya alimentos dietéticos que, cuando se consiguen, se debe pagar por ellos pequeñas fortunas equivalentes a varios salarios mínimos.

Enfrentamos una situación de carestía generalizada que “pone en riesgo la vida de los venezolanos y será denunciada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en el 154° período de sesiones que se llevará a cabo en Washington”, por iniciativa de organizaciones no gubernamentales que ya se han cansado de hablar a los sordos oídos de la indiferencia oficial.

Los mil bolívares representaban una barrera psicológica que ya no es capaz de contener el avance y convergencia de tres males que, para colmo riman: inflación, corrupción, y especulación. Con los acrobáticos saltos de los índices de precios al consumidor, el teje maneje con las discrecionalidad en la negociación con divisas otorgadas para fines que no se respetan y la desmesurada avidez por la ganancia pronta, la psicología fue derrotada, al extremo que ya cualquier artículo que se pueda adquirir, digamos, en 999,99 bolívares nos parece barato. Y lo es… en dólares, pues son escasas tres lechugas.

Así, tal como pintan las leyes del mercado, en últimas instancias inquebrantables aunque los gobiernos autoritarios y de escasa cultura económica crean que pueden amoldarlas a su conveniencia, hemos llegado a un punto en el que será común escuchar a un buhonero invidente incitando a la compra con un pregón del tipo “¡Meta la mano, meta la mano, todo a mil, aproveche, mire que el ciego tiene todo a mil!