• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Las mil palabras de Rayma

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No parece haber acuerdo sobre el origen de la caricatura. Su denominación proviene del italiano caricare (cargar, exagerar) y se dice que fue en Boloña, a finales del siglo XVI, donde se habría originado el oficio de caricaturista, en la escuela pictórica de la familia Carracci, cuyos alumnos se divertían a costa de los visitantes dibujándolos con rasgos animales en una especie de ingenua zoología fantástica que, al parecer, entusiasmó al eximio Gian Lorenzo Bernini.

No sabemos cuánto habrá de cierto en ello, pero quienes se ocupan del periodismo iconográfico otorgan a la caricatura y al dibujo humorístico honorables lugares en la historia de los medios impresos. Lo que sí sabemos, con seguridad, es que la caricatura es un recurso expresivo de contundente pegada y por ello se ha granjeado innumerables y terribles enemigos, especialmente en aquellas sociedades en las que la libertad de expresión es considerada un peligro y se le combate abiertamente.

En septiembre  de 2005, el periódico danés Jyllands Posten publicó una serie de 12 ilustraciones satíricas relacionadas con la figura del profeta Mahoma, lo cual motivó una rabiosa reacción de los sectores más radicales del fundamentalismo islámico. Amenazaron de muerte al caricaturista Kurt Westergaard y exigieron disculpas al gobierno danés, el cual por supuesto se negó a satisfacer tan destemplada petición.

No ha sido esa la primera vez ni la última que dibujos y dibujantes son condenados, satanizados, intimados y perseguidos. Goya, por ejemplo, fue blanco de objeciones y censuras; o Arcimboldo, cuando sus pinceles se atrevieron a pintar lo que los puristas consideraron formas grotescas o exageradas de expresar la realidad.

En Venezuela, la caricatura política ha provocado la ira de gobiernos y grupos intolerantes, ideológicamente próximos al fascismo, que no han vacilado en recurrir a la violencia para acallar a esos comunicadores que, con sus trazos, mucho saben expresar. Al respecto es pertinente recordar la paliza propinada a Leoncio Martínez, “Leo”, en 1937 por un grupo de jovenzuelos recalcitrantes fanáticos que equivocadamente decían actuar en nombre de la fe cristiana.

Los caricaturistas no necesitan palabras para contagiar sus reparos a un determinado personaje o acto público. Pero lo que ocurrió en tiempos de María Castañas, hoy sucede de nuevo. Aquí y ahora. Con Rayma Suprani, refinada dibujante que, con encomiable economía verbal y seguras líneas, compone  ácidas, hermosas e irónicas viñetas que retratan nuestra realidad de un modo tan certero que reafirman la convicción (no por lugar común, inválida) de que  una imagen vale más que mil palabras y que la más compleja de las ideas puede entrar fácilmente por los ojos.

Por eso, quizá, Andrés Eloy Blanco sostenía que “el caricaturista es lo único serio en materia de psicología plástica… No necesita humor e incluso puede hacer su trabajo disgustado… Cuando en su obra no hay risa, él es más verdadero, abnegado, humano y filósofo”.