• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Una memoria para olvidar

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Barack Obama acaba de pronunciar su último discurso sobre el estado de la Unión. Durante una hora, el presidente de Estados Unidos hizo un apretado balance de lo que ha sido su gestión, subrayando logros y deplorando frustraciones, pero siempre con el aplomo de quien, seguramente, comparte la convicción de Bismark, refrendada por Churchill, de que “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

Cierto es que para Obama las contiendas comiciales llegaron a término, pero no para el Partido Demócrata, una organización que quiere seguir haciendo historia y colocar a una mujer en la Casa Blanca. Por eso, o a pesar de ello, se atrevió a dejar claro su compromiso con el porvenir: “En mi último discurso en esta cámara no solo quiero hablar del próximo año. Quiero concentrarme en los próximos cinco años, diez años y en adelante. Quiero concentrarme en el futuro”.

Chávez era un memorial de cuentos inventados y hablaba con la mirada en las urnas. Cada elección era una huída hacia adelante para sacarle el cuerpo a la tarea de gobernar y de proveer soluciones a los problemas de la gente y la nación, sustentables a largo plazo y susceptibles de continuidad administrativa. Su heredero, sucesor e hijo putativo ha seguido en esa línea, solo que no sabe competir y mucho menos ganar.

Al contrastarle con Obama, podemos adelantar que la fulana memoria y cuenta que presentará Nicolás Maduro mañana (no se sabe ante quién) será un memorial de agravios con pretensiones de ajuste de cuentas; un rosario de imprecaciones contra la oposición, para señalar que por culpa de esta su gobierno tiene poco de qué ufanarse.

Tiene, sí, Maduro mucho que lamentar por la ineficiencia de un equipo gubernamental estructurado como comando electorero y no como el gabinete ministerial de altura que reclama la crisis crónica inherente al bochinche rojo que jefecillos de tres al cuarto llaman revolución. Ni siquiera el rechazo popular los conmueve.

Son inmunes a la crítica e incapaces de cuestionarse o de preguntarse, al menos, qué pueden hacer para colocarse a la altura de las circunstancias y satisfacer las necesidades de un pueblo que clama por mejoras sustantivas en su calidad de vida.

Nada nuevo esperemos de la desgastada e insignificante retórica oficial. Volveremos a tener noticias de las batallas imaginarias con las que este gobierno narra su epopeya del fracaso; se insistirá en la guerra económica y habrá rasgadura de camisones en referencia a las guerrillas iconográficas con que, a falta de otros ingredientes, el gobierno minoritario está sazonando las variantes formales de su único discurso: el de la inculpación y el yo no fui, una arenga continuada contra la otredad que ha empobrecido el debate y degradado el ejercicio político.

Ojalá Maduro leyera el discurso de Obama y como él se preguntara: “¿Cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”.