• Caracas (Venezuela)

EDITORIAL

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Una medicina, por favor

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Las redes sociales no son producto de Internet puesto que, ya en el siglo XIX, Émile Durkheim y Ferdinand Tönnies se habían ocupado de ellas, arguyendo que "pueden existir bien como lazos sociales personales y directos que vinculan a los individuos con aquellos con quienes comparten valores y creencias, o bien como vínculos sociales formales e instrumentales".

Sin embargo, debemos reconocer que ha sido el desarrollo informal de la "aldea virtual" lo que ha potenciado la interacción entre las personas a escalas sin precedentes, integrando comunidades al servicio de lo que se necesite, no solo debidamente registradas en Facebook, Twitter, Google Plus, Instagram, My Space, Blogger Linkedin, etc., sino también organizadas en colectivos que han nacido y crecido en torno a la telefonía celular y la mensajería de texto.

El auge de las congregaciones virtuales no es producto del azar, sino más bien de la necesidad. Es en cierta medida la respuesta eficiente y sensible de la colectividad ante la ineficacia y la corrupción burocrática que pretende gobernarla, o más bien arruinarla.

Su utilidad ha sido hartamente probada en el caso, por ejemplo, de desastres naturales, en los cuales –actuando más como instrumento de convocatoria que como medio de comunicación– han conseguido dar respuestas rápidas y contundentes a requerimientos de los afectados por esas calamidades.

Hoy ante la larga fila de ineptos ministros bolivarianos de Salud (algunos de ellos bajo investigación de la Contraloría), los humildes ciudadanos deben apelar a las redes sociales y, de paso, rezándole a la Virgen de la Coromoto para que les haga el milagro de conseguir una farmacia que tenga la medicina que tanto necesitan. No se trata de fármacos costosos de difícil ubicación sino simples analgésicos, inyectadoras o antigripales.

Ni se diga de un sofisticado instrumento quirúrgico o una silla de ruedas. Gracias a las redes sociales un llamado a la donación de sangre de tipo poco común para una operación de emergencia, o de una petición de ambulancia, o un simple llamado de auxilio en caso de accidente son algunos de los muchos –y cada vez más frecuentes– servicios públicos solidarios que se concretan en esas congregaciones ciberespaciales, lo cual es digno de encomio porque se trata de iniciativas desinteresadas en las cuales se insiste con perseverancia admirable.

Esta disciplina ciudadana, caracterizada por un altísimo grado de compromiso y responsabilidad con la ciudadanía y la empecinada tozudez con que se enfrentan a escollos y dificultades contrasta con la desidia galopante de las autoridades que mal gestionan la asistencia pública en esta nación crónicamente enferma.

El país está abandonado a su suerte por un gobierno tan caradura que calumnia a los que quieren enderezar el torcido camino que transita la sanidad, acusándolos de propagar gérmenes en una guerra bacteriológica que solo ocurre en la imaginación de quienes no saben ni siquiera cómo se llama la enfermedad ni qué agentes los transmiten.